La trumpización de Infantino lleva al fútbol a la deriva

Ni siquiera habían pasado dos semanas de la definición del Mundial 2026 cuando ya el presidente de la FIFA, el suizo Gianni Infantino, se movía con dos objetivos de muchísimo calado: un Mundial de 64 selecciones para 2030 y, en especial, el “FIFA Forward Enterprise” (FFE), una entidad basada en un sistema de financiamiento privado para toda organización de acontecimientos.

Nada de esto podría pensarse sin el enorme respaldo con el que Infantino cuenta en Donald Trump desde que éste asumiera su primer mandato como presidente de los Estados Unidos en enero de 2017. Es que Trump e Infantino coincidieron casi absolutamente en sus presidencias porque el de la FIFA asumió en febrero de 2017, apenas once meses antes. El del fútbol sólo tuvo que convivir cuatro años con el demócrata Joe Biden, pero siempre se mantuvo en contacto con el magnate de pelo y tez zanahoria.

Si bien nunca se pronunció a tal efecto, es claro que la llegada de Infantino al Poder y el acercamiento político a Trump -al punto de llegar a que horas después de que culminara el Mundial 2026, se supiera que el presidente de los Estados Unidos estuvo tratando de convencer al de la FIFA de ser su candidato como secretario general de la ONU- estuvieron relacionados con lo que en el país norteamericano se consideró una traición: el voto en marzo de 2010 por la candidatura de Qatar para organizar el Mundial 2022.

Esos votos (que Julio Grondona, el vicepresidente senior de la FIFA, advirtió que les traería problemas a los dirigentes latinoamericanos y a él mismo, que gambeteó con su muerte meses antes de la redada que dio lugar al “FIFA-Gate”) generaron que los Estados Unidos se quedaran sin Mundial, aunque habían enviado a la reunión de Zurich a un expresidente como Bill Clinton, quien se quedó con cara de piedra ante el anuncio del entonces titular de la FIFA, el también suizo Josephn Blatter.

Desde ese momento, desde Estados Unidos juraron venganza para todos los “traicioneros” y comenzaron por la cadena más accesible: los errores de la corrupta dirigencia sudamericana de haber utilizado cuentas de bancos en ese país para cobrar los sobornos de las grandes cadenas mediáticas latinoamericanas (Televisa, Fox Sports, Torneos y Competencias, Traffic, entre otras), sumada a la trazabilidad de las cuentas de esos mismos bancos, y el uso de topos, terminó con aquella redada en el hotel Baur Au Lac, en

Zurich, en mayo de 2015 y la condena por corrupción y varios años de prisión para buena parte de esa dirigencia y empresarios mediáticos.

Al mes siguiente, durante la Copa América de Chile, el hotel principal de actividades de la Conmebol estuvo todo el mes vacío, con todo pago de antemano, porque nadie se atrevía a desafiar a la Interpol ni quería ser detenido para ser extraditado, ya sin el paraguayo Nicolás Leoz como presidente, involucrado en los hechos de corrupción.

Sin embargo, el gran movimiento estaba en ciernes. La situación dio un vuelco de 180 grados cuando meses más tarde, en enero de 2017, asumió Trump, quien rápidamente sintonizó con Infantino. Éste, que comenzó a ser perseguido más de cerca por el pago de mayor cantidad de impuestos en la sede de Zurich, encontró una interesante veta: negociar una mega mudanza institucional hacia Nueva York, más precisamente a la Torre Trump, y en junio de 2018 la FIFA votó que el Mundial 2026 se jugaría en tres países norteamericanos: Canadá, México y, especialmente, los Estados Unidos, que serían los protagonistas, en su segunda oportunidad tras el rotundo fracaso de 1994. La FIFA sentía que se lo debía por aquella votación de 2010.

Los negocios y la familiaridad entre Infantino y Trump fueron creciendo e hicieron eclosión al finalizar el primer mandato del norteamericano, despojado ya de la necesidad de justificar sus acciones. La FIFA convino (apoyada por los tres países sede) que no habría Comité Organizador local en 2026, por lo que todo cayó en manos de la institución madre del fútbol.

A los seis meses de finalizado el primer mandato de Trump, su yerno Jared Kuchner, casado con su hija Ivanka, pudo captar 2000 millones de libras del Fondo de Inversión Pública (PIF) de Arabia Saudita, presidido por el príncipe Mohammed bin Salman para su empresa Affinity Fund Management.

Un artículo del diario inglés “The Guardian” recordó días pasados que el “New York Times” dijo que los asesores del fondo habían objetado la operación “por la inexperiencia de la administración de Affinity” y que el que más riesgo asumía era el PIF, pero Salman desestimó la advertencia.

Cuatro años después, precisamente el 11 de diciembre de 2024, pudo entenderse, por fin, el motivo por el que bin Salman miró para otro lado ante los alertas del PIF (a cargo del Newcastle y del 81 por ciento de la petrolera Aramco) : la FIFA le otorgaba a Arabia Saudita la organización del Mundial 2034.

Es precisamente el hermano de Jared, Joshua, el que aparece junto a Infantino en esta “nueva” idea del FFE que puede ser el talón de Aquiles del presidente de la FIFA. Con 41 años, el menor de los Kuchner ya fue creador de varios fondos de inversión privados, como “Thrive Eternal”, inversionista principal del nuevo proyecto del mandamás del fútbol mundial.

En realidad, es el hermano que se quedó con acciones porque Jared, el mayor y yerno de Trump, vendió las suyas en “Trive Capital” (la casa matriz) en 2017 al inicio del primer mandato de su suegro en la Casa Blanca.

La funcionalidad de Infantino con Trump fue absoluta en estos años, pero sin dudas se multiplicó desde el segundo mandato del norteamericano: fue invitado a la asunción presidencial entre familiares y funcionarios, en una foto insólita para el poder del fútbol, que nunca había llegado tan cerca del Poder real mundial.

Más adelante, Infantino llegó tarde al Congreso Mundial de la FIFA en Asunción, provocando la ira de los dirigentes europeos, que se retiraron antes de su llegada. El suizo dijo que seguramente lo entenderían más tarde, pero que tenía que cumplir con ciertas actividades, como la de jugar al golf con Trump. Dio a entender que le estaba haciendo un favor al fútbol.

Cuando Trump se quejó airadamente por no haber recibido el Premio Nobel de la Paz, de inmediato Infantino se inventó un Premio de la Paz, que, naturalmente, otorgó a su amigo del norte sin sonrojarse, pero no terminó allí, sino que no sólo accedió a limpiar la tarjeta roja del goleador estadounidense Florentin Balogun, expulsado con toda justicia ante Bosnia en el pasado Mundial, sino que no atinó a defender al árbitro brasileño Raphael Claus, vituperado por Trump. Tampoco salió en su defensa el presidente del Comité de Árbitros, el abogado italiano Pierluigi Collina. Balogun jugó ante Bélgica por los octavos de final, pero nada pudo hacer para detener la victoria de los europeos y la eliminación de su equipo.

Durante todo el Mundial, Trump, a sabiendas de que Infantino juega en su equipo de manera descarada, intentó convencerlo de que abandonara la FIFA para sumarse como candidato suyo a secretario general de la ONU y como el mandamás de la FIFA no puede decirle que no, ahondó en su idea de presentarse como candidato a otra reelección en la entidad del fútbol llamando a medios amigos de todo el mundo para que difundieran esta idea que le hiciera recapitular al presidente anaranjado.

Ahora, apenas dos semanas después del Mundial, aparece esta idea, que evidentemente fue pergeñada mucho antes y se esperó a que pasara el magno acontecimiento, vendido con forceps como un éxito cuando todos saben que no lo fue en absoluto, con la idea de seguir recaudando, con un desmedido afán de lucro, tal como ocurre con el progresivo aumento de selecciones participantes en los mundiales, con el objeto de vender más partidos, sin importar el deterioro de la calidad del espectáculo, al igual que el obsceno valor de las entradas a cada uno de esos partidos.

La idea del FFE, aunque con vericuetos propios de una entidad como la FIFA, no es nueva. En todo caso, es una reconversión de aquella que hace muy poco tuvo el Real Madrid con la llamada Superliga europea, que murió antes de comenzar por oposición rotunda de la mayoría de los clubes más importantes del continente, y de los hinchas ingleses y alemanes, que motivaron que hasta los mandatarios de varios países se involucraran en la presión contra el nuevo certamen, hasta perder completamente las posibilidades y los tres clubes que más fuerza hicieron, Real Madrid, Barcelona y Juventus, terminaron volviendo al redil de la UEFA tras una constante puja en los tribunales europeos.

Ahora, vuelve a aparecer el banco inglés JPP Morgan para sostener la nueva entidad con el aporte de 20 mil millones (para la Superliga, eran 5000) e Infantino se dispone a ejercer la diplomacia con cada una de las 211 asociaciones nacionales miembro de la FIFA, pasando por encima de las seis confederaciones continentales (Sudamérica está separada de Norte y Centro América y el Caribe).

El motivo de esta decisión de ir por las asociaciones es la dura resistencia de la UEFA (siempre enfrentada a Infantino, que buscó subyugarla designando como árbitro de la final del Mundial al esloveno Slavko Vincic, de la misma nacionalidad del presidente de la entidad europea, Alecsander Ceferin), que directamente habla de boicotear los torneos de la FIFA en caso de que prospere la idea de FFE, la Concacaf y la AFC (Asia), mientras la CAF (Africa) llamó a la prudencia y se dispuso a analizar la propuesta, mientras que muy lentamente, la Conmebol (Sudaméricxa) hizo lo de siempre: comunicar la nada misma, a la espera de no hacer ruido porque espera el Mundial de 64 selecciones que les permita albergar más partidos en su suelo en el Mundial 2030.

Acaso la más inteligente en su pronunciamiento fue la AFC, que no se centró puramente en la idea del proyecto, sino en el hecho de no haber sido consultada antes de la presentación, y sostuvo que una democracia no consiste únicamente en el voto sino en el diálogo y las consultas. Esto descalifica a Infantino porque no pone en juego el futuro (la aprobación o no) sino el modus operandi (actuar inconsultamente y traer los hechos ya generados).

Pocas veces el vínculo entre Trump (cuyo yerno podría entrar como protagonista en una de las organizaciones más fuertes de la FIFA) e Infantino fue tan claro y fuerte, pero esto mismo parece que puede debilitarlo hasta niveles insospechados, como el de caer en el momento menos pensado y perder todo lo que fue construyendo. Eso es lo que puede generar, a veces, la ambición tan desmedida por el dinero y el poder.

Por Sergio Levinsky

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *