Todo en su medida y armoniosamente: una lección para el fútbol
Por Rubén Costa

Los técnicos portugueses están dando mucho que hablar en estos primeros días de temporada, y no precisamente solo por lo que ocurre dentro de la cancha.
Abel Ferreira, entrenador del Palmeiras, y José Mourinho, técnico del Real Madrid, dejaron en los últimos días dos reflexiones diferentes, pero con un punto de contacto: ambos hablaron de un fútbol cada vez más condicionado por la presión, la provocación y la necesidad de ganar a cualquier precio.
Abel fue quien tuvo mayor repercusión. Después de la clasificación del Palmeiras a los cuartos de final de la Libertadores, reaccionó ante una pregunta y dejó un diagnóstico durísimo sobre el fútbol actual. Habló de un deporte “enfermo”, obsesionado con el resultado y con la necesidad de ser siempre el primero.
Su reflexión apuntó a una cultura en la que ganar parece haberse convertido en la única medida válida. Si se gana, todo está bien. Si se pierde, todo lo anterior parece no haber existido.
Y esto no deja de ser llamativo viniendo de un entrenador que trabaja en uno de los grandes clubes de Sudamérica y que construyó buena parte de su prestigio precisamente a partir de los títulos.
Abel no cuestiona la ambición de ganar. Sería absurdo que lo hiciera. El problema aparece cuando el resultado deja de ser una consecuencia del trabajo para convertirse en la única razón que lo justifica.
En esa lógica desaparecen los procesos, la formación, el aprendizaje e incluso la posibilidad de equivocarse.
El fútbol, en ese sentido, no hace más que reproducir una característica bastante extendida de nuestra sociedad: queremos resultados inmediatos. Éxito inmediato. Respuestas inmediatas. Y cuando no llegan, buscamos rápidamente un culpable.
Pero las palabras de Abel también tienen otra lectura. El fútbol profesional es un negocio gigantesco y quienes entrenan a los equipos son juzgados, casi exclusivamente, por sus resultados. Pedirles que respeten los procesos mientras pueden ser despedidos después de tres derrotas consecutivas es, como mínimo, una contradicción.
Por eso su reflexión resulta interesante: porque cuestiona un sistema del que él mismo forma parte.
Mourinho, a quien tuve la posibilidad de escuchar en la rueda de prensa posterior al partido entre el Espanyol y el Real Madrid, puso el foco en otro de los grandes problemas del fútbol contemporáneo: la provocación constante que sufren determinados futbolistas.
En esa comparecencia habló de Vinícius y lo hizo desde una posición que puede parecer contradictoria, pero que justamente por eso resulta interesante.
Mourinho reconoció que el brasileño “no es un santo”, que tiene comportamientos que debe mejorar y que necesita controlar sus reacciones. Al mismo tiempo, sostuvo que lo que sucede con él en muchos estadios es excesivo y habló directamente de un auténtico bullying.
La idea es conocida: Vinícius recibe faltas, insultos y provocaciones, y los rivales parecen saber que sacarlo del partido puede ser casi tan importante como detenerlo futbolísticamente.
Y aquí hay una cuestión que merece ser discutida sin caer en el partidismo.
Que Vinícius tenga comportamientos cuestionables no convierte en aceptable que sea transformado en un objetivo permanente de las provocaciones. Una cosa no justifica la otra.
El fútbol siempre tuvo picardía. Siempre hubo jugadores provocadores y defensores que intentaron sacarlos del partido. Es parte de la competencia. Pero existe una diferencia entre competir al límite y convertir la provocación sistemática en una estrategia.
Y aquí, de alguna manera, vuelven a encontrarse Abel y Mourinho. Uno habla de la obsesión por ganar. El otro, de todo aquello que estamos dispuestos a hacer para conseguirlo.
El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos si algo está bien o mal y simplemente nos preguntamos si funciona.
El fútbol profesional no puede escapar de la competencia, de la presión ni de la exigencia. El fair play tampoco significa eliminar la disputa, la tensión o la rivalidad. Ningún equipo quiere pasar por un “Mineirazo”: en las semifinales del Mundial de 2014, Alemania derrotó 7-1 a Brasil en una derrota que todavía forma parte de la memoria colectiva del fútbol brasileño.
Dicho esto, todo pasa por recuperar una idea que Perón utilizó en varios de sus discursos: “Todo en su medida y armoniosamente”. Una frase que puede trasladarse perfectamente al fútbol: el resultado importa, pero también importan los caminos para llegar a él. Sobre todo en un deporte con una enorme influencia social y que, justamente por eso, tiene la responsabilidad de discutir cuáles son sus límites.
Quizás por eso las palabras de estos dos entrenadores portugueses sean más importantes de lo que parecen.
Abel Ferreira nos recuerda que no todo puede medirse con una tabla de posiciones. Mourinho, que no todo puede justificarse en nombre de la competencia.
Y entre ambos aparece una pregunta que vale mucho más que cualquier resultado de la primera jornada: ¿qué clase de fútbol queremos construir?
Porque, al final, cuando quienes entrenan dejan de hablar de táctica y empiezan a hablar de valores, quizás no estén hablando solamente de fútbol, sino también de nuestro presente social, político e ideológico.




