El peligro del Real Madrid de repetir el pasado

Por Sergio Levinsky

A los 63 años, el entrenador portugués José Mourinho comenzó a transmitir una idea de equilibrio, de alguien que pudo aprovechar el paso del tiempo para comprender que los comportamientos extremos, en el alto nivel del fútbol, no llevan por ningún camino positivo.

Sus declaraciones al regresar al Real Madrid luego de trece temporadas, así lo indicaban. También sus acciones en los entrenamientos, conferencias de prensa y partidos del equipo blanco. La dirigencia, urgida por resultados, hizo gran parte de los deberes y le trajo varios refuerzos, como Ibrahima Konaté, Bernardo Silva, Carlos Espí, Denzel Dumfries y, especialmente, Diomandé. Y si Rodri no se sumó a las contrataciones fue porque prefirió el proyecto del Barcelona (¿acaso intuyendo que Mourinho no contribuiría a mejorar su juego?).

Con un verdadero Fórmula Uno, el Real Madrid arrancó la temporada 2026/27 con la misma intención de cuando Mourinho llegó en 2010/11: la de contrarrestar la dinámica de un Barcelona que va cada vez a más de la mano del alemán Hansi Flick, con los conceptos muy claros y un sistema de juego muy determinado, además de haber ganado las últimas dos ligas y de no haber llegado a la pasada final de la Liga de Campeones de Europa por un gol en el descuento por parte del Inter.

Parecía que Mourinho había aprendido de su experiencia anterior y volvió más tranquilo y simpático, pero el ambiente se fue enrareciendo y muy pronto, con apenas ocho jornadas disputadas, ya se encuentra a seis puntos de un Barcelona que tiene un tremendo poder goleador y que consiguió puntaje ideal en uno de los mejores arranques de la historia liguera.

Más allá de los puntos obtenidos, lo que es cierto es que el ambiente del Bernabeu se fue enrareciendo. El equipo no tiene un patrón definido de juego y varios equipos le dominaron los partidos y tuvieron una mayor posesión de balón, y si no obtuvo peores resultados fue debido al peso que sus jugadores tienen en las dos áreas, con el arquero belga Thibaut Courtois tapando la mayoría de los remates y con Kylian Mbappé o Carlos Espí, con ingresos fabulosos en los últimos minutos, definiendo de maravillas ante el arco rival.

Espí, de hecho, le hizo ganar puntos sobre la hora en dos de los ocho partidos, pero muchos aficionados no se engañan y saben que con esta forma de jugar, y a dos semanas del Clásico en el Camp Nou, la temporada, al menos la liguera, tiene patas cortas.

El mayor problema del Real Madrid no está, sin embargo, en la defensa sino en la zona de creación, en el medio, porque no tiene un organizador. El joven turco Arda Güller es un jugador de muchísima clase, que tuvo una gran evolución tras el pasado Mundial, pero que no siente lo de organizar todo el equipo, y Judd Bellingham, que recuperó aquel nivel con el que deslumbró en su primera temporada, prefiere acercarse más a los puntas, pero el uruguayo Federico Valverde no es tan decisivo como en pasadas temporadas y Bernardo Silva parece perdido en el campo, sin encontrar, todavía, una función.

Acaso por eso es que Mourinho prefirió, hasta ahora, a volantes recuperadores como Tchouameni o Camavinga, pero esto le quita al equipo un tercer punta, que bien podría ser Vinicius Junior por la derecha, mientras que Kylian Mbappé podría ir por la izquierda, para dejar un hueco a un nueve como Espí o, cuando se recupere, a Endrick, y entonces pasar a un esquema más pretencioso con un 4-3-3 más cercano a la tradición blanca.

Algunos críticos ya se han volcado con Diomandé para que juegue en el lugar de un muy discutido Vinicius, más ahora que fue (correctamente) expulsado ante Villarreal, pero creemos que el marfileño, si bien es un buen proyecto, aún no se encuentra a la altura técnica y de potencia del brasileño y se exageró mucho su prestación hasta el momento.

Sin embargo, el mayor peligro del Real Madrid no es el juego, sino que es tal la crispación y la sensación de que, mucho más en el juego que en los puntos, el Barcelona se aleja en esta temporada, que a impotencia fue derivando en que tanto Mourinho como el presidente Florentino Pérez comenzaron a aferrarse al caso Negreira para todo, dentro y fuera de los campos de juego, como si fuera que los árbitros determinaran el actual momento del equipo y no su propia inercia.

Entonces empieza a ser común que ante cualquier fallo en contra recrudezca el “corrupción/en la Federación” en el Bernabeu, o Mourinho comience a parecerse, lentamente, a aquel que estresó el clima de aquellos años con Pep Guardiola en el banco de enfrente.

Otra vez se habla poco del juego y más de los árbitros, del Caso Negreira, de Javier Tebas (el presidente de La Liga que es enemigo declarado de Florentino Pérez) y del sexo de los ángeles. Todo, menos la pelota.

Hace casi una década y media, cuando Mourinho fue “El Puto Amo” (Guardiola dixit), cuando su dedo en el ojo a Tito Vilanova “marcó el camino” de muchos madridistas, el club blanco fue el malo de la película en el mundo y acabó perdiendo la batalla cultural. Tardó años en recuperarse gracias a la naturalidad de los “Carletto” Ancelotti y “Zizou” Zidane.

Si sigue así, volverá a tropezar con la misma piedra. Y ya conoce cómo termina.

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