EL FÚTBOL JUGADO Y EL FÚTBOL HABLADO

Por Jorge Barraza

Hay dos fútbol, el fútbol jugado y el fútbol hablado. O escrito. Ambos son apasionantes. El primero dura 90 minutos, el segundo no tiene cronómetro. Todos coincidiremos en que el primero es el más importante, sin embargo, por cada 90 minutos jugados hay 90.000 hablados, o 90 millones. Hay partidos que atraviesan décadas y se transforman en leyenda, por nostalgia o por polémica.

Del Maracanazo se escribieron decenas de libros, pasaron 76 años y se sigue conversando. De la Mano de Dios se hablará un siglo. Expertos técnicos continúan tratando de establecer si la pelota entró o no en el gol fantasma de Inglaterra a Alemania en la final de 1966. En muchas ocasiones el relato supera ampliamente al juego. Entretiene más. Hasta un partido horripilante es capaz de generar sesudos análisis, extensos comentarios o bromas deliciosas e interminables.

Cuando el silbato suena, el jugado termina, el hablado sigue. Vemos cada año en la Feria del Libro profusión de nueva literatura futbolera. De modo que el segundo es tan atrapante como el primero. O más. Las buenas historias futboleras pueden dar dos goles de ventaja a las otras. Y no pierden. Ese interminable cofre de novelas de la pelota ya abrió su tapa para que entre el reciente Mundial 2026. Que empieza a ser leyenda. La de Vozinha la tarde que tapó el viento frente a España es una. El milagroso triunfo argentino sobre Inglaterra en semifinales, otra.

Todas las épocas del fútbol fueron hermosas, hasta las feas. Cuando se jugaba lento y con grandes espacios, también nos gustaba. Incluso cuando se pegaba a mansalva, con reglamento y árbitros blandos. Con técnicos y sistemas avaros y ultradefensivos, también era bello. Es tan maravilloso este juego que está por encima de miserias y fealdades. Desde chico conviví con la apocalíptica frase “El fútbol se muere”. Nunca la creí. El fútbol se sobrepone a todo, a dirigentes corruptos (inmensa mayoría), a técnicos ruines, a hinchas violentos, a jugadores malos.

En ello tienen todo que ver los futbolistas. No son la única verdad del fútbol, ni la parte más noble, como se venden ellos mismos con astucia, sí lo más relevante. Son los causantes de nuestra pasión. Cuando dos amigos se juntan y empiezan a evocar, evocan jugadores, cracks, individuos que te hicieron amar el fútbol, que te dieron razones para hacerte hincha, que te hicieron pelear con tu mujer por elegir un partido antes que ir al cine, que propiciaron el abrazo más profundo con tu padre o tu hijo, que te regalaron momentos inolvidables para el resto de tu vida.

Hay cientos de sucesos, curiosidades y prodigios que perduran en la memoria colectiva. La Copa del Mundo tiene miles de historias y sucesos que merecen ser contados y colapsarían una biblioteca entera. Hemos elegido un puñado de los que sabemos y vivimos.

La primera final del mundo se jugó un miércoles. Y a las 2,15 de la tarde… Parece una rareza, pero el estadio no tenía iluminación, había que terminar temprano porque en el invierno austral oscurece a las 17,30. Y podía haber alargue. Uruguay 1930 fue el único torneo sin empates…

Luis Monti, centromedio de San Lorenzo, disputó la final del ’30 para Argentina y la del ’34 para Italia…

Vittorio Pozzo sigue siendo el único técnico que ganó dos Mundiales. Y seguidos. Lionel Scaloni estuvo cerca, pero no logró coronar ante España.

En 1950, Estados Unidos, con un grupo de lavacopas y taxistas, venció a Inglaterra, que hasta ahí se pensaba la máxima potencia futbolística… El gol fue obra de un haitiano que nunca se nacionalizó norteamericano, Joe Gaetjens.

Brasil 1 – Uruguay 2 es la mayor sorpresa de todos los tiempos. También la mayor asistencia de la historia del deporte todo: 203.849 espectadores.

Orlando Duarte, apreciado colega brasileño que cubrió las 14 Copas del Mundo entre 1950 y 2006 y fue biógrafo de Pelé, estuvo aquella tarde en Maracaná. Escribió: “Las escenas que sucedieron a la derrota de Brasil son un muestrario de las reacciones humanas más extremas: estupor, desesperación, incredulidad, llanto… A nadie compensa que Ademir, con nueve tantos, se proclamara máximo goleador. Es un galardón insuficiente. El éxito financiero del acontecimiento, tampoco. Se recaudan 384 millones de francos suizos. La FIFA se embolsa 125 y los organizadores, después de cubrir todos los gastos, se encuentran todavía con un superávit. Sólo sirve para pagar al fútbol brasileño un entierro de lujo”.

Alemania perdió 8 a 3 ante Hungría en fase de grupos y luego lo venció en la final 3 a 2. Fue en 1954…

La ciudad de Valdivia, 830 kilómetros al sur de Santiago, se aprestaba a ser una de las sedes del Mundial de Chile 1962. Pero el 22 de mayo de 1960 vivió el apocalipsis: sufrió el mayor terremoto de la historia humana, 9,5 en la escala de Richter, la más alta medida instrumental. Nunca se repitió algo igual. Pese al desastre y las dudas sobre el torneo, el presidente chileno Jorge Alessandri envió un mensaje contundente a la FIFA: “El Mundial se hace en Chile sí o sí”. Se hizo.

Se dijo siempre que Inglaterra se coronó en el ’66 por los arbitrajes, no es verdad, fue un justo y magnífico campeón, pero no se dice nada de Alemania ni de Brasil. Nunca, en los Mundiales modernos, les pitaron siquiera un saque lateral en contra mal cobrado. Siempre disfrutaron de arbitrajes amigables…

Puskas, Eusebio y Cruyff no ganaron un Mundial y pese a ello son tres celebridades mundialistas…

Cruyff, siendo un fenómeno, jugó apenas un Mundial, y Di Stéfano ninguno. Tampoco el genial George Best. A Irlanda del Norte no le daba para clasificar…

Alemania y Francia inauguraron en 1982 la definición por penales. Hasta entonces, si dos equipos igualaban jugaban un desempate al día siguiente o a los dos días.

El gol de cabeza de Pelé en la final ante Italia es, tal vez, el gesto técnico más perfecto y sublime de todos, encabezaría una antología de joyas mundialistas junto al gol de Maradona a los ingleses (el que se gambeteó a un pueblo), y al tanto de Messi a Cabo Verde, una cumbre futbolística por control y remate en velocidad con zaguero y arquero encima. Pelé, Maradona y Messi son la trilogía máxima en la saga mundialista. Sin la menor duda.

Nunca un futbolista hizo más en una Copa de lo que Diego en 1986. Y a nadie le pegaron tanto… La Mano de Dios fue realmente de Dios…

Holanda es el único campeón moral, por su sensacional actuación de 1974, la máxima revolución desde que existe este deporte…

Quizá nunca se vuelva a ver un futbolista tan refinado como Beckenbauer… Exquisitos hubo muchos, pero no alcanzaron la línea de Franz.

El Mundial de Catar fue claramente el mejor en organización, calidez y tratamiento hacia los aficionados…

Los dos golazos de Haaland a Brasil son un recuerdo para siempre. Y los hinchas noruegos haciendo de remeros vikingos un espectáculo nuevo.

Los 23 campeones de los Mundiales son indiscutibles. Es muy difícil ser campeón, y hay que saber serlo. En su momento, cada uno supo, Uruguay, Italia, Alemania, Brasil, Inglaterra, Argentina, Francia, España. El campeón no pone excusas, las pone el que pierde. Una nación que gana un Mundial de fútbol no es una republiqueta, algo tiene. Se precisan muchos valores detrás, especialmente carácter, mentalidad, determinación, fortaleza, inteligencia. También habilidad, desde luego. No es un deporte individual ni de tablero, no se juega con fichas, actúan incontables factores a la vez: el talento, las ansias, los miedos, la presión, la fuerza, el aguante. Un Mundial vale por tres Juegos Olímpicos. Y por cinco premios Nobel.

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