Los Mazzola, una historia de cine

Por Jorge Barraza
«Espero ser recordado como un buen hombre que lucha incluso cuando es imposible ganar, como en aquella derrota 9-1 ante la Juventus. Ahora mismo estoy luchando un partido que me supera: intentaré llevarlo a la prórroga, quizás incluso a los penales…”, le dijo, aún con gracia, Alessandro Mazzola a Filippo Conticello, giornalista de la Gazzetta dello Sport. Fue su última entrevista, justo un mes antes de morir, el 19 de septiembre último. Iba a cumplir 84 años. No llegó al tiempo extra, un mal lo venía persiguiendo desde tiempo atrás. Y lo alcanzó.
La Gazzetta le dio toda su tapa con el título “Il Baffo di tutti” (El Bigote de todos), así le decía el mundo del fútbol. Si Italia debiera elegir un apellido que sintetizara su rica historia futbolística sería, sin duda, Mazzola. Su padre, Valentino, fue el Il Grande Capitano del célebre Torino de los años ’40 y de la Selección Azzurra. Una figura poderosa, colosal. Pero lo perdió pronto. “Yo tenía seis años, cinco meses y veintitrés días cuando sucedió lo de Superga: todos me abrazaban, no entendía por qué y buscaba rostros amigables”, contaba Sandro. Valentino es uno de los tres fenómenos del Calcio de antaño junto a Silvio Piola y Giuseppe Meazza. El Torino era la sensación de Europa.
En mayo de 1949, La Grande Torino, que había ganado cuatro scudettos consecutivos y estaba por hilvanar el quinto, volvía a casa después de jugar un amistoso en Lisboa. A punto de aterrizar, el piloto del avión calculó mal debido al mal clima, bajó demasiado, embistió primero el campanario de la Basílica de Superga, y se estrelló luego contra una colina del monte homónimo. Murieron todos. Es considerado el mejor equipo italiano del siglo 20. La Nazionale Azzurra era prácticamente todo el conjunto granate, diez jugadores componían la selección que iría a jugar el Mundial del año siguiente en Brasil. Ante un estadio colmado que, en lugar de celebrar, lloraba, los juveniles torineses jugaron los cuatro partidos que restaban y conquistaron el quinto campeonato. La estrella de aquel Torino era Valentino Mazzola, que dejó huérfanos dos niños pequeños, Sandro y Ferruccio. Ambos también serían futbolistas.
Tras una relación tormentosa, Valentino había dejado en Lombardía a su esposa Emilia Ranaldi, y vivía en Turín con su novia Giuseppina Cutrone. Pero se llevó con él a Sandro, el mayorcito. Fue una novela seguida por toda Italia. Se desató una batalla judicial. Pagando una alta suma, el crack pidió la anulación del matrimonio en Rumania y la consiguió. Emilia, a su vez, logró hacer anular la sentencia. Finalmente, Valentino se casó en Viena con Giuseppina (no podían hacerlo en Italia) dos semanas antes de la tragedia aérea. Habría otro episodio, sórdido, por cierto. Tras la muerte del padre, el entorno de Giuseppina escondió a Sandrino en un granero y pidió un dinero para entregarlo. Entre abogados y carabineros lograron rescatarlo y volvió a su pueblo, Cassano d’Adda, próximo a Milán, donde su madre vivía en la pobreza junto a su hermanito Ferruccio.
“Vivía en un internado y veía a mi padre solo los fines de semana. Yo era muy pequeño, lo único que recuerdo es entrar de la mano con él al estadio Filadelfia, de Turín”. Ahí entró en escena Benito Lorenzi, un astuto goleador del Inter compañero de Mazzola padre en la Selección. Se acercó a la familia, a los niños, los arropó, los hizo entrar en el Inter como mascotas y logró que el presidente Angelo Moratti les diera un dinerillo cada vez que ganaba el equipo, para ayudar a su madre. Ahí, en el estadio San Siro, en el vestuario interista, terminó de criarse Sandro, quien a los 18 años debutaría en Primera en un polémico partido ante Juventus que perderían 9 a 1. El único gol nerazzurro sería de Sandrino. Inter había ganado los puntos por no presentación de la Juve, luego ordenaron jugarlo y el presidente Moratti, en protesta, decidió que actuara un equipo juvenil.
Es un caso único, de dos niños que casi vivieron en el club. Sandro nunca lo dejó. Jamás vestiría otra camiseta, salvo la de Italia, y sería una figura cumbre. Incluso después de 17 temporadas en activo, fue dirigente interista. Con 21 años dio su primer golpe internacional. Inter y Real Madrid jugaban la final de la Copa de Europa de 1964. Lo recordaba en 2010: “Alfredo Di Stéfano para mí era Dios y cuando me lo encontré en el Prater de Viena en aquella final me quedé embobado mirándole. En el túnel casi no había luz, sólo un par de bombillas y yo miraba a Alfredo y me parecía que medía dos metros. Recuerdo que Luisito Suárez me dijo: <<Sandro, tú quédate aquí mirando a Alfredo, nosotros vamos a jugar la final>>. Suárez era el comandante”. Pero Sandro espabiló, metió los dos goles del 2 a 1 y el Inter fue por primera vez campeón continental.
“Fui como un loco a pedirle la camiseta a Di Stéfano, pero en el camino me cruzo con Puskas que se saca la suya y me la da. Me dice: <<Enhorabuena, yo jugué contra tu padre, eres digno de ser su hijo>>. Todavía la guardo”.
Allí nació la gloria del Inter de Helenio Herrera, el famosísimo técnico argentino. Sandro sonreía al recordarlo: “Helenio era diabólico, Moratti lo llamaba El Cerebro. Era para volverse loco. Cuando HH llegó a Italia el fútbol casi no era profesional. Él lo inventó e impuso reglas muy duras. Yo, con 11 años, cuando era mascota del Inter, veía a gente fumar en los vestuarios, con dos estiramientos jugabas, nada de calentar. Helenio lo revolucionó todo, fue el inventor del fútbol moderno. Siempre llevaba una gabardina negra y te miraba con esos ojos tan negros y penetrantes que atemorizaba. Cuando te hablaba siempre lo hacía acercándote el dedo a la cara”.
Sandro se convertiría en talismán. Sin ser un supergoleador hacía siempre los goles clave. Conformó la que fue denominada La Grande Inter (sólo dos escuadras recibieron tal distinción, el Torino de su padre y su Inter). Ganaron cuatro Scudettos, dos Copas de Europa, dos Intercontinentales. Con Italia levantó la Eurocopa de 1968 y fue subcampeón mundial en 1970. Era un excelente armador de juego, que triangulaba con Luisito Suárez, con el brasileño Jair, el otro puntero, Corso, y llegaba al área a definir. Tenía mil anécdotas de Helenio Herrera.
“En Buenos Aires llevábamos 20 días concentrados. Habíamos ido a enfrentar a Independiente por la Copa Intercontinental en 1965. Ganamos la Copa. Volvimos al hotel y Helenio nos ofreció un vaso de agua, uno de vino y sopa de verdura. Nos miramos todos alucinados: ¿somos campeones del mundo y no hay champán? <<El domingo hay Liga contra el Varese>>, nos dijo. ¡Ni que fuera la Juve…! Él siempre pensaba en el siguiente rival. Subimos todos a las habitaciones y volvimos a bajar a la media hora cuando Helenio ya se había dormido. Peiró se puso a hacer sangría, bebimos champán y dejamos todas las botellas vacías en la puerta de Helenio. A la mañana siguiente se fue como un loco a buscar al médico, que se supone que nos tenía que vigilar…”
¿Cómo eran las charlas técnicas con él?, le preguntó la magnífica periodista Eleonora Giovio, del diario El País, de Madrid. Responde Sandro: “Helenio te enseñaba una foto de tu rival y te explicaba todas las características. Una vez, antes de un partido contra el Everton en Inglaterra, me dijo: <<Mira a éste, para que sepas, hasta le han metido en la cárcel por dar una paliza. Pega como un forjador (los herreros que dan forma al hierro con el martillo), así que como no seas rápido con la pelota, te va a machacar>>. Entrenaba la cabeza antes que las piernas”.
Italia lo lloró. Ya no están los Mazzola. Se cerró una historia de película.




