Tratando de explicar a Cabo Verde

Por Ricardo Setyon
Llevo cuatro días en Praia.
Sí: hay una capital en el mundo que se llama Praia.
Queda en la Isla de Santiago, la isla principal del archipiélago que forma un país llamado Cabo Verde.
Y hay una cosa que todavía no me puedo sacar de la cabeza.
Aquí, el fútbol parece existir las 24 horas del día.
El fútbol no está solo en los estadios, en los bares o en las charlas entre hinchas.
Late adentro de la gente, en las calles, en las tiendas, en la arena de las playas y, de una forma zarpada, en la manera en que Cabo Verde empezó a verse a sí mismo después de sacudir al planeta en la Copa del Mundo de 2026.
Aquí, la camiseta de la selección se volvió una especie de manto sagrado, un uniforme nacional informal.
Como una onda copada para vestirse.
Está en la ropa de los hombres y en las remeras cortitas de las mujeres, en las señoras que venden frutas y verduras en el mercado de Sucupira en el centro, y también las usan los pibes que juegan en las calles, por todos lados, con pelotas de todas las formas y colores.
A los abuelos también parece gustarles el azul de la remera de la Selección, porque juegan al dominó en la plaza Alexandre Albuquerque en el centro de la ciudad.
Lo que me dejó re impresionado fue ver a muchos, pero muchos de verdad, empleados de bancos, de tiendas y hasta del museo de música que visité, ahí, tranquilos, usando la camiseta de la selección de Cabo Verde.
Vi acá mucha más gente usando la remera de la Selección que en España, que salió campeona del Mundo…
La camiseta se usa, sí, de verdad, por los que cargan el sustento por las calles, por colectiveros y hasta por los guardavidas que vigilan las playas del Océano Atlántico acá en la ciudad.
Es una escena que se repite tanto que, después de un tiempo, parece normal.
Pero no lo es.
Hay un pibe que trabaja en una tiendita de celulares cerca de mi hotel y aparece todos los días con una remera distinta. Un día es un club europeo, al otro una selección africana. Ayer al fin se puso la de Cabo Verde. ¡Pero no era la azul, era la del tercer uniforme… color vino, hermosa total!
Aquí, el fútbol es ropa, es piel, es identidad. Y hablando de identidad, vale la pena acordarse de dónde sale el apodo más famoso del país. A los jugadores de la Selección de Cabo Verde les dicen los «Tiburones Azules». Y es porque las aguas profundas y cristalinas que rodean estas islas siempre fueron la casa natural del elegante y temido tiburón azul. Lo que arrancó como un homenaje a la fuerza de la fauna del mar terminó siendo el nombre oficial de un grupo de «depredadores de la pelota» que decidieron meterle miedo a los gigantes del mundo. Que lo diga Argentina… ¡que vio a Messi y al técnico Scaloni llorando, con el alivio de haberle podido ganar a Cabo Verde en el Mundial,… recién en el alargue!
Y tal vez sea así como uno empieza a entender el huracán que le cayó a este archipiélago.
Salí de Brasil el 4 de junio para cubrir la Copa y, después de más de dos meses de viaje, antes de volver a casa en São Paulo, tenía que pisar, sentir, ver Cabo Verde.
Pero no sé si me da la cabeza para comprender del todo a Cabo Verde y su fútbol.
Yo quería sentir de cerca este cacho de tierra en medio del océano, repartido en diez islas y 8 de ellas habitadas, para entender cómo medio millón de personas paró el planeta y dejó al mundo entero mirando embobado este puntito en medio del Océano Atlántico.
Y la respuesta, a casi todas las preguntas que tenía, está grabada en cada esquina de la capital.
Vi los videos de la recibida recontra apoteótica a los «Tiburones Azules», cuando volvieron de la Copa.
Aunque vivan afuera, todos los jugadores volvieron a Cabo Verde para bailar con su gente. Al revés de la Selección de Brasil que dejó que el avión volviera vacío a Rio de Janeiro, con un solo jugador volviendo al país, los caboverdianos hicieron todo lo que pudieron para cantar y pasar la noche festejando su paso por la Copa del Mundo.
Más de 200.000 personas coparon las calles de la capital, en una fiesta que se mezcló con la mismísima alma de la independencia nacional.
La selección desfiló en un camión descubierto bajo un mar de banderas, con el sonido de los tambores locales mezclado con los gritos de orgullo de todo un pueblo.
La juntada más grande que Cabo Verde vio en su historia.
Todo para ellos, los muchachos de la Selección.
Y lo más lindo de todo es que Cabo Verde no volvió a casa con ningún trofeo ni medalla.
Volvió eliminado por Argentina.
¡Pero qué manera de quedar afuera, por favor!
En su primera Copa de la historia, los Tiburones Azules salieron de un grupo con España, Uruguay y Arabia Saudita con la frente en alta y pasaje asegurado a la siguiente ronda. Alemania fuera. Uruguay también. Así como Turquía y Corea del Sur. Fuera Irán, Escocia y Túnez. ¿Y Cabo Verde? ¡Adentro! En la fase siguiente, los mano a mano fueron una locura.
Se cruzaron con Argentina y llevaron al hasta entonces campeón del mundo hasta el cansancio del tiempo extra.
Lograron meterle dos golazos al equipo de Messi, estuvieron ahí nomás del gol del triunfo y le hicieron pasar un sufrimiento a los argentinos que no se puede explicar.
Fueron ciento veinte minutos de puro coraje y ganas. Pero al final, le dijeron «ciao» a un Mundial donde se transformaron en el equipo favorito de todos, cayendo nomás por un doloroso 3 a 2, en un partido nada menos que dramático.
Cabo Verde empató dos veces, clavó uno de los goles más zarpados y fantásticos de todo el torneo y obligó a Messi y a los muchachos argentinos a jugar al límite absoluto del alma.
No faltaron lágrimas con ese pitazo final. Lágrimas de los caboverdianos porque la gloria se les escapó por un pelito, pero también lágrimas de tensión del lado argentino.
¡Messi se fue de la cancha fusilado, sabiendo que esa había sido una de las noches más asfixiantes de su historia en los Mundiales.
«Culpa» de los Tiburones Azules!
Pero la historia no terminó ahí.
Apenas levantó vuelo.
Uno de los grandes rostros de esta epopeya tiene cuarenta años, la edad en la que la carrera de un arquero deja las canchas.
Vozinha, el incansable Josimar José Évora Dias, se convirtió en uno de los capos de todo el torneo.
Vozinha se llama así porque jugaba con los grandes cuando él era pequeño. Quando perdía los partidos, corría hacia los brazos de su abuelita, vovozinha, en portugués. Vozinha, un arquero, de 40 años, ídolo máximo del menor país de la historia a calificarse a una segunda fase de un Mundial, tenía que ser llamado, imaginen….Valdano. Pero el oficial de justicia no aceptó este nombre. Entonces, sin problemas. El papá de Vozinha, loco por futbol como toda la gente de la isla, le puso ese nombre en honor al jugador brasileño Josimar. Vozinha, de nombre oficial: Josimar José Évora Dias. Destinado a ser el héroe de Cabo Verde. Y de toda África.
Antes del Mundial, atajaba en el modesto Chaves, de la segunda división de Portugal. Después de ese torneo inolvidable, lo fichó el Colo Colo, club chileno, de los más tradicionales de Sudamérica.
Y su historia tiene algo de película: el apodo le quedó de chico. El pibe sensible que lloraba en el asfalto se transformó en el gigante que frenó a España con una actuación descomunal en el 0 a 0 de la fase de grupos. Hay otro detalle que le da magia a toda esta onda.
La locura por las camisetas de los Tiburones Azules no nació de la noche a la mañana después del partido contra los argentinos.
La movida empezó a copar las calles antes de que la pelota siquiera empiece a rodar en el debut mundialista.
La Copa lo único que hizo fue llevar esa energía a otra dimensión. Aquí la pelota baila al mismo ritmo que la música. Está en la onda de las charlas, en las esquinas, en el orgullo que brilla en los ojos de cualquiera cuando un extranjero le pega el nombre de su país.
Yo podría haber venido acá solo a buscar sol, playas paradisíacas, la calma del Atlántico y un buen pescado.
Pero, después de cuatro días metido en esta vibración, me di cuenta de que estoy viendo algo mucho más grande.
Estoy viendo a un país entero descubriendo una manera imán y única de mostrarse ante la historia.
Los Tiburones Azules no ganaron la Copa, es verdad.
Pero se ganaron algo mucho más difícil y valioso de conseguir: la seguridad total de que, durante unas semanas inolvidables, parecía que el planeta entero se tocó el pecho y se puso la misma camiseta que Cabo Verde: ¡el equipo africano tenía a todo el mundo hinchando por ellos!
Ahora, con permiso, que me tengo que ir volando.
Voy para la playa de Gamboa a ver un partidazo picante de fútbol playa entre el Juventude y el Prainha, unos pibes que juegan hermoso.
Más tarde sigo contando.
Les voy a contar sobre la Cachupa, la Morabeza, y sobre cómo estoy “cretcheu” por la isla, ¡sintiendo una Sabura sensacional!
Porque, después de 4 días acá, siento que recién rasguñé un poquito la superficie de este archipiélago que te atrapa tanto y tan fuerte. Un local donde se respira futbol!
Sí, vuelvo en breve a escribir desde aquí en Praia.
¡Porque alguien va a tener que explicarme qué fue lo que transformó a esta Selección de don nadie en una bestia en esta Copa, que hizo llorar a Messi, que salió de la nada y se comió el mundo…!




