Eterno Lio
Juega como un niño en el patio de su casa. Inventa goles y convida otros. Gambetea, corre, camina, se ríe, se enoja… ni el infalible calendario lo puede detener. Pasan los años, cambian los rivales, los sueños, los paisajes, las modas y él sigue jugando a la pelota.
Que veinte años no es nada, cantaba Gardel, y él parece darle la razón. Sucede que los chicos, los grandes, los viejos, los escépticos, los desmemoriados, los que se fueron y los que están por venir conocen de su genialidad; es como un truco de magia que no nos deja asombrar.
Desde sus inicios tuvo que convivir con odiosas comparaciones y cargar mochilas llenas de frustraciones heredadas. Lo midieron con el pasado, el presente y el futuro para tratar de diagnosticar su grandeza. Sigue superándose a sí mismo, destruye récords, rompe las leyes de la física y de la lógica de cualquier futbolista. Les tapó la boca a sus detractores y le llenó el alma de FÚTBOL a un montón de generaciones. Los más niños lo ven como un superhéroe y, quizás, tengan razón: MESSI es la ficción más real que pueda inventar un guionista.
En un mundo en que todo se reduce a números y estadísticas, sería muy sencillo calificar o cuantificar su destreza, pero esto sería un acto de pereza emocional. Ocurre que MESSI no es un FUTBOLISTA, es un generador de sentimientos, un diseñador de recuerdos; MESSI es un jugador que nos hace SENTIR el FÚTBOL.
En un FÚTBOL repleto de miserables que todo lo estropean, él posee el don intacto de seguir regalándonos belleza. Su talento, su impronta fantástica se vuelve indispensable para sacudir tanta chatura. Conjuro de genialidad y locura para que el juego siga valiendo la pena, plegarias de amor y gratitud para que la última función no llegue nunca.
Más allá de gustos y fanatismos, no le exijamos que se disfrace del Che, Gandhi o Don Quijote; no lo siente, no quiere, no puede o no le interesa… a lo sumo pidámosle que sea, cada vez más joven, como Benjamin Button. No tratemos de encontrar ángeles o demonios donde no los hay, disfrutemos de la felicidad que nos dá con la pelota.
Los años pasan y mirarse al espejo se vuelve un ejercicio de coraje, sin embargo él podría decirle al paso del tiempo: que mirás? andá pa’ allá bobo!.
Por Pablo Lotta




