LA BALA DE PLATA

Fue seguramente el gol más gritado en la historia del Ecuador. El gol de la rabia, del desahogo, de la alegría, del orgullo… El gol que generó caravanas, celebraciones, lágrimas, abrazos, alaridos, bocinazos, borracheras, insomnio… El gol que justificó los gastos de quienes se aventuraron a viajar. El que sacó a un país a la calle. Que retumbó en España, en Italia, en cada lugar del mundo donde se juntaron dos, diez o veinte ecuatorianos a ver el partido y lloraron de emoción. Cuando se está lejos de la patria, se la siente el triple. Y el fútbol la acerca. Es la maravilla de este juego, deporte, entretenimiento, espectáculo, industria, que moviliza como ninguna otra actividad humana el sentido de pertenencia y refleja la identidad nacional. No existe otro campo de la vida que despierte semejante torrente de alegría, que una a un país entero en un mismo sentimiento. Es el milagro de la pelota entrando al arco rival una vez más que el adversario acertando en el nuestro.

Si le podemos ganar a Alemania en un Mundial estando obligados y dando vuelta el resultado, si podemos hacerlo mostrando mente, coraje y corazón, entonces somos un país respetable, con futuro, con virtudes y valores. Eso siente el ciudadano al ganar un partido así. Que estaba perdido desde el minuto dos. Y ese gol de la hazaña es de Plata. No se lo quita nadie. Tendrá ochenta años y lo presentarán como “el que hizo el gol del triunfo contra Alemania”. Pasarán décadas y se evocará ese toque tan oportuno de zurda que se clavó arriba del arco alemán. Iban 76 minutos y 59 segundos cuando la bola entró. Pedro Vite mandó un centro envenenado a pierna cambiada, con zurda desde la derecha, Kevin Rodríguez pegó un salto notable, le ganó a su marcador David Raum y con el último mechón de cabello logró cambiar la trayectoria del balón dirigiéndola hacia el arco; cuando Neuer se aprestaba a embolsarla, apareció la punta del botín de Plata y la impulsó a la parte de arriba de la red. Magistral oportunismo del zurdo guayaquileño. Pésima acción del arquero, por lo cual lo está criticando buena parte de Alemania: se quedó en la raya y en la raya misma le convirtieron. Pero, al mismo tiempo, astuta reacción de Plata para anticiparlo.

A Ecuador le quedaba una sola bala en la recámara: esa, la bala de Plata. Y dio en el blanco con ella. La que generó el desenfreno, la locura nacional. Sólo tres selecciones sudamericanas pudieron vencer a Alemania en un Mundial: Argentina, Brasil y ahora Ecuador. El premio fue pasar directamente a dieciseisavos de final. Ahí empieza otra carrera, con otro Ecuador, que ojalá sea una versión completamente diferente a la de los primeros partidos y más parecida a esta última. Se encontró a sí misma esta selección, se reinventó. Así es este juego: el equipo que no pudo vencer a Curazao tumbó luego a Alemania. En el terreno de lo inexplicable, el fútbol tiene mucho que decir.

“Sabíamos que debíamos mostrar nuestra mejor versión”, reconoció Enner Valencia. Lo que quedó demostrado es que se podía ganar, que había que atreverse. Si Alemania no era nada… A propósito, si esto es todo lo que tiene Alemania, no puede ser candidata al título. Un equipo blando, sin el temple de las Alemanias de otros tiempos. Sin figuras y sin dispositivos tácticos que complicaran. Por algo viene de quedar eliminada en primera fase en los dos Mundiales anteriores. Ante ese equipo que era más una historia que un presente, Ecuador levantó un trescientos por ciento, acentuó su vocación ofensiva, hubo un crecimiento general de las individualidades y, sobre todo, la intención dentro del campo. Dominó, fue a buscar. En lugar de jugar con un Llanero Solitario arriba (Enner) puso cuatro delanteros netos: Enner Valencia, Yeboah, Nilson Angulo y Plata. Porque Plata no fungió de armador de juego, fue un punta más. Pobló la delantera y convirtió por partida doble. Con Curazao terminó con seis atacantes, pero eso fue más por desesperación para convertir que por planificación previa. Curazao son cinco centavos aparte.

Tal vez lo ayudó el verse en desventaja con ese tempranero gol de Leroy Sané, pues entendió que no quedaba otra que tomar la lanza e ir al frente. Y empezó a controlar el juego y a establecer una superioridad sobre su adversario. Eso se llama autoridad. Y seis minutos después llegó al empate por una atrevida incursión y definición de Nilson Angulo, un valor que podría quedarse años en la selección, hábil, muestra la insolencia del que sabe con la pelota y no se asusta en ninguna circunstancia. Además, Angulo no se quedó en la finta y el desborde, se corrió hacia el centro y remató al arco. Mandó un derechazo bajo y esquinado al palo izquierdo de Neuer, que mostró en todo momento ser un hombre de 40 años.

Tuvieron lo que se les pidió en el Mundial anterior: audacia. Este torneo ha demostrado que, como nunca, el fútbol se ha igualado. Se puede perder con Costa de Marfil, pero también ganarle a Alemania. Que, por cierto, ayudó. Fue una Alemania de espanto. Si sus dos triunfos anteriores la habían encumbrado como candidata, esta derrota la estrelló contra el piso. Bild, el diario más importante de Alemania y durante décadas el de mayor circulación en Europa, tituló a grandes caracteres: “Así vamos a quedar eliminados pronto”. Como bajada, agrega: “Neuer no agarra una”, “Ninguno convence”, y “El gol nuestro ni siquiera fue válido”. Todo cierto. Lo del gol es así: Pavlovic no quiere impactar a Vite porque ni siquiera lo ve, pero levanta su pierna muy alta y lo toca en el rostro. Hay incluso otro componente: su pie está por encima del hombro, altura en la que se juega con la cabeza. Eso lo condena. La jueza estadounidense Tori Penso no lo vio igual y lo legitimó. Mejor, eso espoleó a Ecuador.

¿Qué cambió entre los dos partidos anteriores y este?, se preguntan millones. No mucho. La alineación no, son casi los mismos nombres en los tres compromisos con ligeras variantes. La actitud tampoco, estos jugadores ecuatorianos se brindan al máximo siempre, no hay dudas de la entrega. Varió la mayor dotación ofensiva, y el entender que el fútbol tiene dos facetas, defensa y ataque. Esta vez no fue defensa sola. Lo más atractivo de la victoria fue que se logró dominando, yendo a buscar, siendo superior.

Willian Pacho sacó todo lo que pasó cerca suyo, fue el mariscal de la retaguardia, la figura que sostiene al cuadro desde el fondo. Plata, el héroe, creció en este Mundial, se acercó más al arco de enfrete. Vite, otra vez el mejor del mediocampo, prolijo con la bola, quitando y distribuyendo, bien en el toque, autor del precioso centro del segundo gol. No alardea, simplemente juega bien. Tal vez sea este el escenario que lo consagre. Ya no sale más del once. Nilson Angulo también se ganó un lugar por habilidad y osadía. También por su gol, que sorprendió a Neuer. Lo sorprendió al rematar de una, sin anunciar el tiro. Gerd Müller tenía una máxima: “En el área, lo haces rápido o ya no lo haces”. Muy productivos los cambios de Angelo Preciado y Kevin Rodríguez. Preciado es un extremo más, preocupa al rival; Rodríguez tiene poco gol, pero aportó sacrificio, exigió.

Unos subieron, otros se estancaron, pero no vale nombrarlos, este no es momento de críticas sino de festejos. Esta victoria es la guinda que corona la evolución del fútbol ecuatoriano de los últimos treinta años, se le ganó a un cuádruple campeón mundial, y no en un amistoso. Ahora hay que apuntalarla con nuevas conquistas. A ver cómo sigue.

Por Jorge Barraza

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