Cuando el fútbol deja de ser popular

La creciente comercialización del fútbol, impulsada por la FIFA y las nuevas plataformas de transmisión, amenaza con transformar un deporte popular en un espectáculo cada vez más exclusivo, alejándolo de quienes históricamente lo hicieron parte de su identidad colectiva.
Hace una semana recorría la Barceloneta, un antiguo barrio marinero de Barcelona donde hoy conviven el turismo, los residentes temporales y los vecinos de toda la vida. La llegada de los llamados expats ha impulsado la inversión, la innovación empresarial y una mirada más global de la ciudad, pero también ha profundizado el debate sobre la vivienda, la gentrificación y el aumento del costo de vida. Esta realidad convive con una situación cada vez más compleja: incluso quienes son propietarios de una vivienda sienten el impacto del aumento de los precios, mientras salarios y pensiones continúan sin alcanzar el ritmo de una ciudad cada vez más cara.
Durante mi recorrido por el barrio, la atención de buena parte de la Barceloneta estaba puesta en el fútbol. Los bares estaban llenos de aficionados siguiendo el partido entre Suecia y Países Bajos, mientras otros esperaban el encuentro entre Alemania y Costa de Marfil. También me llamó la atención un hombre en situación de calle que seguía la transmisión por radio y, cada tanto, se acercaba a alguna terraza para ver una jugada en las pantallas. Esa escena resume lo que representa el fútbol: un lenguaje común capaz de atravesar diferencias económicas, sociales y culturales.
El Mundial y los grandes torneos internacionales mantienen intacta esa capacidad de convocatoria. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que acceder a ellos ya no es tan sencillo como antes. En España, la FIFA otorgó los derechos de transmisión de la mayoría de los partidos a la plataforma DAZN, obligando a muchos aficionados a contratar un servicio de pago para seguir los encuentros. Además, las nuevas condiciones impuestas a bares y establecimientos para emitir los partidos generan más incertidumbre que claridad y estan en la línia de dificultar que estos espacios continúen funcionando como lugares de encuentro colectivo. Poco a poco, el acceso al fútbol deja de ser un derecho cultural compartido para convertirse en un producto sujeto a la capacidad económica de cada consumidor.
Esta tendencia no parece ser casual. La periodista Rebecca Ruiz y el periodista Tariq Panja, de The New York Times, analizan esta deriva en su artículo «FIFA, las criptomonedas y los hoteles de la FIFA». Allí sostienen que la gestión de Gianni Infantino al frente de la FIFA ha impulsado una transformación que trasciende el plano deportivo y se orienta hacia la expansión comercial de la organización. Según estos periodistas, la FIFA explora nuevas fuentes de ingresos, como el licenciamiento de hoteles con su marca y el desarrollo de una criptomoneda propia, iniciativas que reflejan un modelo de negocios cada vez más diversificado y basado en la explotación comercial de la marca.
Ruiz y Panja también argumentan que esta estrategia económica está estrechamente vinculada con la relación que Infantino ha construido con Donald Trump. Según explican, esa cercanía política no solo favorece la organización del Mundial de 2026 en Estados Unidos, sino que también podría abrir nuevas oportunidades comerciales para la FIFA. Sin embargo, advierten que este modelo despierta cuestionamientos éticos entre dirigentes del fútbol, quienes consideran que la búsqueda de beneficios económicos y políticos puede comprometer la neutralidad y la credibilidad de la institución.
Todo ello invita a preguntarse hacia dónde se dirige el fútbol como fenómeno social. Si las principales decisiones priorizan la rentabilidad y la expansión del negocio por encima del acceso de los aficionados, el riesgo es que el deporte más popular del mundo termine alejándose precisamente de quienes lo hicieron grande: su público.
Por eso cobra hoy más vigencia que nunca una reflexión de Marcelo Bielsa, pronunciada en julio de 2024: «El fútbol es propiedad popular. Los pobres tienen muy poca capacidad de acceso a la felicidad, no disponen de dinero para comprar la felicidad. Ese fútbol, que era gratuito, y que es una de las pocas cosas que los más pobres mantenían, ya no lo tienen más». Más allá de las controversias deportivas que puedan rodear al entrenador argentino, sus palabras sintetizan una preocupación que atraviesa esta nueva etapa del fútbol: el riesgo de que un patrimonio cultural y popular se convierta, cada vez más, en un producto reservado para quienes puedan pagarlo.
Por Rubén Costa




