Una tarde de paseo “blue” por Boston

El partido de cuartos de final entre Francia y Marruecos invitaba a ilusionarnos con un enfrentamiento a cara de perro por todos los costados: desde el futbolístico (el más obvio), porque se trata de dos de los equipos animadores de los grandes torneos en los últimos tiempos y porque hay jugadores en el conjunto africano que se criaron en Francia y participaron de sus clubes y hasta pudieron elegir representar a los “blues” pero se decantaron por el país de sus orígenes.
Desde lo político y social, porque la colonia marroquí en Francia es enorme y pesan sobre esta relación prejuicios que, en los últimos tiempos, agravaron cada “festejo” o manifestación en las calles y lugares públicos, especialmente ante triunfos del conjunto del norte de África.
Para Marruecos era todo un desafío. Eliminar a Francia significaba quitar del torneo a la selección señalada como la mayor candidata a ganarlo y, al mismo tiempo, ser semifinalista de un Mundial por segundo torneo consecutivo, consolidando una imagen de gran poderío, si le sumamos el Mundial sub-20 ganado en Chile hace meses.
Pero el partido de Boston fue, en líneas generales, mucho más chato que lo previsto. En parte, porque si bien Marruecos no hizo lo que Paraguay en octavos de final, eso de meterse tan atrás y que la línea más ofensiva fuera menos que la de volantes, tampoco arriesgó demasiado, acaso porque terminó siendo fundamental la baja de su mejor delantero, Ismael Saibari, y porque sin apretar el acelerador, los mediocampistas franceses le impusieron condiciones.
Marruecos también estuvo condicionado por la ausencia de su mejor central, Chadi Riad, lo que obligó a su entrenador, Mohamed Ouahbi, a recolocar a Mazraoui, un experimentado lateral, como central, para desplazar al costado a Salah Eddine, pero no fue lo mismo.
Aunque sin muchas llegadas en el primer tiempo, lo que parecía acentuar cierta inercia ofensiva gala luego de un inicio de Mundial arrollador, llegó el penal que, esta vez, Bounou le contuvo a Kylian Mbappé, aunque ya en el segundo tiempo, el partido se abrió cuando el gran goleador sacó un remate esquinado que superó, por fin, a Bounou.
Esa jugada se produjo, exactamente, a la hora del partido, por lo que, al contrario de lo esperado, no hubo reacción marroquí, y seis minutos después llegó otro bonito gol de Ousmane Dembélé, que puso una distancia decisiva, determinante.
El partido se empezaba a terminar allí desde el resultado y desde lo simbólico. Los otros 24 minutos fueron de más, y eso se notó en que el entrenador francés, Didier Deschamps, comenzó a cuidar a los suyos con cambios lógicos: se fue Koné, quien acumula una tarjeta amarilla, para que entrara el joven Zaire-Emery en su lugar, y abandonaron la cancha Mbappé y Olise para que ingresaran Mateta y el “galgo” Barcola, éste tirado a la banda izquierda para quedar mano a mano con su compañero del PSG Hakimi.
Pero de Marruecos, nada de nada. Muy lejos del equipo que eliminó a Países Bajos o que goleó a Canadá. Como si estuviera maniatado, mientras del otro lado, Mateta perdió no menos de tres ocasiones claras frente a Bounou.
De esta forma, Marruecos se despidió del torneo dejando una imagen que no fue la de la solidez del resto de los partidos, como ante Brasil en el debut, Países Bajos o Canadá, pese a haber sido, otra vez, el equipo africano que más lejos llegó en el Mundial.
Francia, por contrario, volvió a mostrar su poderío, con su tercera semifinal consecutiva de la mano de Deschamps (que todo indica que dejará su cargo cuando finalice el torneo y será reemplazado por Zinedine Zidane) y antes, unos cuartos de final en Brasil 2014, eliminada por la futura campeona, Alemania, en el Maracaná.
Francia espera ahora por el rival que saldrá del partidos de cuartos de mañana entre España y Bélgica, mientras sus delanteros se siguen reforzando con goles (Mbappé alcanzó a Messi con 8 y está a uno del argentino en la historia de los mundiales -20 contra 21- y Dembélé llegó a los 5, una cifra muy respetable).
Finalmente, el árbitro argentino Facundo Tello (y sus compatriotas colaboradores) no tuvo ningún problema en dirigir el partido, aunque Deschamps haya indicado en la previa que no era lo que más le gustaba. El arbitraje argentino suele lucirse en torneos grandes, lo que, a su vez, demuestra que no se trata de calidad, sino de que la liga argentina es insoportable, con jugadores que protestan y piden todo y tratan de sacar partido en todo momento, y con una estructura que no los respalda.
Por Sergio Levinsky




