Que no nos roben la fiesta

Una de las mayores fiestas de la humanidad es la de los Mundiales de fútbol, el deporte rey, el que consiguió que alguien lo definiera como “lo más importante de lo menos importante”. Con sólo recordar cómo, de manera espontánea, gente de países lejanos, sin una lengua en común, con tradiciones diferentes, se sumaba para patear una pelota por las calles de Moscú en 2018, de México en 1986, De Múnich en 2006, ya alcanzaría para entender el fenómeno del que estamos haciendo referencia.

Sin embargo, hay quienes están empeñados en terminar con la armonía de miles de millones de personas, de amor por un juego inigualable, a partir de su desmedida ambición desde que el fútbol fue concebido como un negocio cuando el brasileño-belga Joao Havelange ganó las elecciones de la FIFA en 1974, apostando por las federaciones del “Tercer Mundo” que antes no tenían ni vos ni voto. “Yo vendo un producto llamado fútbol”, dijo, suelto de lengua, y su secretario general, el suizo Joseph Blatter, siguió con otra frase tristemente célebre: “yo tengo que administrar pasiones”. Parece una flagrante contradicción: ¿cómo hacer para administrar, un hecho tan racional como ese, algo como la pasión, tan ligado a lo irracional?

Tras el alejamiento del poder de Havelange y la aparición del “FIFA-Gate” en 2015, con la consecuente salida de Blatter a los pocos días de su reelección, parecía que las cosas podían cambiar en el manejo del fútbol internacional. Así lo prometía el ítalo-suizo Gianni Infantino al asumir el 24 de febrero de 2016, pero con el tiempo, fuimos entendiendo que todo seguía igual y que, lo peor, es que la generación que hoy dirige el fútbol no es más que la continuadora de la anterior, aunque mostrando otra cara. Y hasta se podría decir que ésta de ahora es peor: sabe menos del juego, no defiende a las selecciones nacionales (más ligadas a la pasión) y en cambio, ceden ante los clubes poderosos (administración).

Eso no es todo: con el discurso de la ampliación de países que se sumen al deporte con un mayor protagonismo (¿quién se puede oponer a eso?) no interesaron más los Derechos Humanos y se concedieron sedes imposibles de aceptar a dictaduras y satrapías en las que las mujeres no tienen ni voz ni voto, o está prohibido el alcohol o son intolerantes con los que piensan distinto, o simplemente usan el pelo largo. 

De los que aprovechaban para hacer sus negocios alrededor del fútbol, pasamos ahora a los que cada paso que dan es para sacar réditos, y así llegamos a este Mundial de los estados Unidos, al que se le sumaron Canadá y México, desangelado en cuanto a los hinchas no latinos, que además pueden ser, en cualquier momento, víctimas de persecución del ICE, como ocurriera en la Copa América de 2024 o en el Mundial de Clubes de 2025, cuando los iban a buscar a las tribunas o a Port Authority, nodo en el que se toman los buses para cruzar de Nueva York a Nueva Jersey o viceversa. Pero no todo pasa por el temor de muchos de exponerse en los espectáculos públicos por miedo a ser deportados y que se quiebre su familia y se termine su vida con ilusiones de progreso, sino que hay que sumar el increíble precio de las entradas, de pesadilla, lejos del alcance de la gran mayoría y que pronostica gradas no completas cuando todo el planeta aspira a estar en un acontecimiento que ocurre cada cuatro años.

Pero no todo termina allí: hay que sumarle el factor político desde una FIFA completamente sumisa al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, a quien entregó un Premio de la Paz hecho a la carta a los pocos días de saberse que el mandatario de pelo zanahoria no pudo hacerse con el Nobel. Entonces, se acepta que el campeón del mundo italiano Favio Cannavaro, Balón de Oro en 2006, sea requisado como un delincuente en la búsqueda de drogas, o que se le niegue la visa al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, nombrado Mejor Árbitro Africano de la CAF en 2025 y que había viajado con pasaporte diplomático, o que el jugador de la selección iraquí Aymen Hussein fuera retenido para interrogatorios durante casi 7 horas al ingresar a Estados Unidos. Para no hablar de la peripecia de iraquíes e iraníes. Nada, o casi nada, sostiene la FIFA entre tantas situaciones inaceptables.

Pero tampoco termina allí la cosa, porque la final de la UEFA Champions League de Budapest entre PSG y Arsenal se jugó apenas el 30 de mayo y se definió con remates desde el punto del penal, lo que obligó a jugadores de élite a esforzarse con lo máximo exactamente a once días del partido inaugural entre México y Sudáfrica. Esto significa que esos jugadores no tuvieron ni siquiera el mínimo descanso suficiente y que la FIFA no pensó en ellos ni en tantos otros que no llegaron a la máxima cita por haberse lesionado debido a la enorme cantidad de partidos jugados a lo largo de la temporada, tema que tampoco preocupa a la FIFA, aunque sí el “cooling break”, para un supuesto descanso de los jugadores por el calor (es decir, el mismo organismo que no estuvo interesado en las lesiones y en que jueguen con una muy corta distancia de días, ahora parece preocuparse para que paren a mitad de cada tiempo por el calor), aunque todo indica que lo que parece buscarse es la división de los partidos en cuatro tiempos, en vez de dos, `para “soccerizar” al fútbol y adaptarlo a los nuevos seguidores, que lo siguen colocando en el cuarto puesto de sus preferencias por detrás del fútbol americano, el beisbol y el básquetbol.

Ni hablemos del contexto de guerra, que Trump (de repente pacífico) intenta parar entre Irán e Israel en pleno mundial “en casa”, de los atentados en Pen Station (Nueva York) o Kansas (Missouri) o el terremoto de 6 puntos en ésta misma ciudad.

¿Se puede hablar de “fiesta” pese a todo? Se hace el intento, porque es fútbol, porque llega, por fin el Mundial, y lo único que no se mancha (Maradona dixit) es la pelota…por ahora.

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