Triunfo del fútbol sencillo en un Mundial inviable

En tiempos de la más amplia tecnología al servicio del deporte y de imposiciones políticas y económicas del Poder de la FIFA para soccerizar el fútbol, acabó ganando el Mundial 2026 el equipo que más sencillo lo jugó y que menos artilugios de ningún tipo necesitó para conseguirlo, la España de Luis de la Fuente.
Mientras se blanden mapas de calor, tabletas para marcarles a los suplentes sus quehaceres, drones para espiar a los rivales en los entrenamientos y gimnasios con mayores aditamentos que nunca, el fútbol de “la Roja” sólo recibió un gol en contra en los ocho partidos jugados en el torneo, y fue ante Bélgica, por los cuartos de final. Ni Francia en semifinales, ni mucho menos Argentina en la final -los dos equipos que definieron el título en Qatar 2022- pudieron marcarle a Unai Simón, el arquero español que recibió el “Guante de Oro” sin que le conociéramos la cara, porque no le llegaron siquiera con diez remates.
Al final, mucho ruido tecnológico y de estudios de cada vez más especialistas en detalles puntuales de un fútbol sofisticado, pero lo cierto es que, en la monstruosidad de 48 equipos durante un mes y medio de competición, ganó el que sigue muy viejos libretos con preceptos como que hay que abrir la cancha y dársela al compañero mejor ubicado, o “la pelota la tengo yo, por lo que no la dispondrás vos”.
España no tuvo un equipo de tantas estrellas. Al menos, en lo estrictamente individual, no fue lo que en Sudáfrica 2010, cuando consiguió la primera estrella. No hubo un Iker casillas en el arco, o unos Gerard Piqué, Carles Puyol o Sergio ramos en la defensa. O unos Sergio Busquets, Xavi Hernández, David Silva, Andrés Iniesta o Cesc Fábregas en el medio, ni un Fernando Torres en el ataque.
Pero sí hubo un equipo sólido, en el que ningún jugador rindió para menos de siete puntos., lo cual es bastante. Y sorteó rivales que, a priori, eran todos candidatos al título, como Portugal, Francia o Argentina, a los que venció bien más allá de que el pico de producción fue ante Francia (a la que en estos dos últimos años eliminó de la Eurocopa y los Juegos Olímpicos en 2024 y de la Liga de las Naciones en 2025), porque a Portugal la venció en el minuto 91 y a la Argentina, en el minuto 106 en el alargue, pero esto no le quita méritos.
Este Mundial también ratificó una máxima que venimos sosteniendo en el tiempo: en el fútbol existe (y mucho) el azar, pero éste aplica más a los noventa minutos de un partido, que a lo largo de una trayectoria en un tiempo más largo. Algo así como que el azar aparece más en la foto y menos, en la película. Un ejemplo es la misma España: Merino pudo haber marcado en el minuto 91 ante Portugal o el mejor arquero del mundo, el belga Thibaut Courtois, pudo haberse lesionado cuando el partido de cuartos estaba empatado y un error del suplente (Lammens) ayudó al gol decisivo español, pero en la “película” de ocho partidos, fue, sin dudas, el mejor.
Tampoco hay azar en que la final la hayan jugado los mismos dos equipos que debieron enfrentarse en marzo en Qatar por la Finalissima, como campeones de Europa y de Sudamérica, suspendida por la guerra y porque la AFA nunca encontró fechas adecuadas (ahora sabemos fehacientemente el por qué). Eran los dos mejores en el ranking mundial y llegaron a la final, como si en un Gran Slam de tenis llegaran a la final los preclasificados 1 y 2.
Argentina, al campeón del mundo que acabó resignando la corona, no llegó en su mejor versión. Siendo un equipo de volantes, donde se cuece su fútbol, ninguno de los tres pilares estuvo en su mejor forma: ni Rodrigo de Paul (que viene de un torneo menos fuerte como la MLS), ni Alexis Mac Allister (que no hizo una gran temporada en el Liverpool) ni Enzo Fernández estuvieron en el nivel de 2022 pese a una edad equilibrada, y tampoco Thiago Almada, que había sido en este ciclo el reemplazante natural de Messi, estuvo a la altura.
Sí, en cambio, rindieron los dos marcadores centrales de la Premier League, Cristian Romero y Lisandro Martínez, aunque la gran sorpresa fue Lionel Messi, el genio, pero de 39 años, que marcó 8 goles en 8 partidos, peleando hasta el final el Botín de oro y hasta ser el máximo goleador de la historia del torneo, aunque ambos quedaron en manos del francés Kylian Mbappé. Eso no impidió que el argentino fuera el mejor jugador del torneo, aún sin haber estado casi en la final, aislado por el sistema de toque español.
El Mundial dejó agradables sorpresas, como un paso delante de los equipos africanos, entre los que Marruecos volvió a destacar como el más sólido, jugándole de igual a igual a Brasil o eliminando a Países Bajos, para caer en cuartos de final ante Francia, la misma selección que los eliminó, aunque en semifinales, cuatro años antes. Salvo Túnez, el resto de los equipos pasó a la fase siguiente, superando los grupos iniciales y todos opusieron tenaz resistencia a las potencias. Cabo Verde se constituyó en la sorpresa, siendo debutante en el torneo, al finalizar sus cuatro partidos sin perder en los noventa minutos, aunque haya enfrentado a la mismísima España, como a Argentina o Uruguay. Sólo los albicelestes le ganaron en tiempo extra por los dieciseisavos de final.
El fútbol de Sudamérica, en cambio, parece estancado, en buena parte porque sus seleccionadores no encuentran tiempo para disponer de sus jugadores y quitarles el tacticismo que reciben en todo el año de las ligas centrales europeas y porque, además, hoy tampoco pueden adquirir demasiado roce con el Viejo Continente porque la Liga de las Naciones cerró definitivamente las chances de amistosos en ventanas FIFA.
Pese a todo, varios equipos europeos pudieron ir entendiendo lo que es disputar, en pleno Mundial, partidos de Copa Libertadores. Francia volvió a sufrir contra Paraguay igual que hace 28 años, cuando como local necesitó un Gol de oro de Lorent Blanc y ahora, un penal de Mbappé en un enfrentamiento bronco, como los que juegan habitualmente los sudamericanos. Alemania tampoco pudo con los guaraníes, que la llevaron a los penales y eliminaron, y los germanos también cayeron ante Ecuador, mientras que el entrenador alemán Tomás Tuchel admitió que su equipo inglés “dejó hasta la última gota de sudor, pero no le alcanzó!” contra Argentina en la semifinal, cuando en el segundo tiempo, Harry Kane jugó de volante central y Judd Bellingham, detrás suyo, para intentar contener a los albicelestes, que les generaron diez ocasiones de gol en menos de 45 minutos.
El fútbol, en líneas generales, sigue su lucha por tratar de mantener vivo el juego clásico, aquel que con sus reglas enamoró a todas las clases sociales, aunque ahora el Poder, totalmente despojado de diplomacia, quiere incluir, por un lado, el negocio proveniente de los Estados Unidos (un país que, una vez más quedó probado, no ama este deporte, no lo siente, y se lo quieren imponer como un remedio que se toma tapándose la nariz), con montajes de shows con anuncios al estilo del boxeo o la NBA, cantantes por media hora en los entretiempos, venta de entradas a precios ridículamente caros, o extrañas “pausas de hidratación”, con las que los medios amigos que pagaron derechos recuperaron el dinero en publicidad. Y por otro, la tecnología que le quita espontaneidad, como el VAR semiautomático.
Entre tantas pujas y negocios de ocasión, la FIFA se deja seducir por los “cráneos” de la Conmebol para introducir en el Mundial que viene, en
2030, 64 equipos, es decir, casi un tercio del total de los afiliados, con el pretexto de que habrá seis países sede, si bien a Sudamérica le concedieron migajas, como un solo partido de fase de grupos en cada uno de sus tres países (Argentina, Uruguay y Paraguay). Con 64 países, la idea es que haya 16 cabezas de serie y que las tres de Conmebol alberguen un grupo cada una, y hasta treintaydiosavos y dieciseisavos de final para cruzar, luego, el Océano Atlántico y que el torneo continue, íntegro, en Marruecos, Portugal y, especialmente, España.
El gigantismo no para, como la enorme cantidad de partidos entre cada vez más equipos y durante más tiempo, haciendo, además, que todos roten para extraerles cada vez más dinero a los turistas y a los privilegiados que puedan gastarse sumas imposibles lejos de sus hogares por dos meses.
En estos movimientos, no tienen cabida los más pobres, aquellos que aman el fútbol, pero éste les da oficialmente la espalda, como si les dijera “no los queremos más. Compren nuestras cosas, consúmanlo desde sus casas o bares, pero no los queremos en esta fiesta, porque no hay lugar”.
Es el fútbol del siglo XXI, el fútbol de Gianni Infantino, el que es capaz de quitarle una tarjeta roja al muy buen delantero estadounidense Folarin Balogun contra Bosnia, a pedido del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Nadie de la FIFA, ni su mandatario, ni el director de su Comité Arbitral, Pierluigi Collina (abogado), salió a respaldar al árbitro brasileño Raphael Clauss, atacado por Trump.
Clauss debió ser el árbitro de la final entre España y Argentina en Nueva Jersey como desagravio y porque tocaba un sudamericano, porque en Qatar 2022, en un desenlace entre europeos y sudamericanos, dirigió un europeo (el polaco Marciniak), pero a nadie le importó eso. Es más, el designado fue Slavko Vincic, esloveno, compatriota del presidente de la UEFA, Alecsánder Ceferin, cuando se acerca la chance de una nueva reelección de Infantino y Europa parece volcarse en su contra. Casualidades de la vida, y de los negocios.
Por Sergio Levinsky




