IA, geopolítica y desinformación: bienvenidos al Mundial 2026

El pitazo inicial del Mundial 2026 no sonó en un estadio. Sonó en X, en TikTok, en los grupos de WhatsApp. Semanas antes de que ningún jugador pisara el césped, el torneo más grande de la historia del fútbol ya acumulaba más desinformación, más drama geopolítico y más ruido mediático que todos los anteriores juntos. Sin embargo, el balón va a rodar. Como siempre lo ha hecho.

He cubierto tres Mundiales. Nunca había visto el clima informativo tan contaminado antes del primer partido. Pero tampoco es la primera vez que el fútbol llega a la cancha cargando el peso del mundo.

El fútbol dejó de jugarse doce años por la II Guerra Mundial. Doce años. Y cuando volvió, volvió para quedarse. El FIFA Gate amenazó con derrumbar la institución para siempre. No pasó. En 2020, el partido entre el Atalanta y el Valencia fue llamado «el partido-cero» de la pandemia — más de 45,000 personas en San Siro, el virus viajando con ellas de vuelta a casa, el 35% del plantel del Valencia contagiado. El mundo se paralizó. El fútbol esperó y volvió. Catar iba a ser un desastre. Mis colegas que estuvieron allí dicen que nunca habían visto un Mundial mejor organizado. La campaña mediática fue demoledora. El torneo, extraordinario.

Y en 2001, Colombia organizó una Copa América en medio de uno de los períodos más violentos de su historia reciente. Las FARC secuestraron al vicepresidente de la Federación Colombiana de Fútbol, Hernán Mejía Campuzano, quince días antes del inicio del torneo. El mundo daba el certamen por cancelado. No hubo acuerdo formal. Hubo una tregua tácita: la guerrilla quería ver el fútbol. Yo estuve allí. Viajar por carretera entre sedes tenía su cuota de tensión, pero el torneo se hizo, y se hizo bien. Colombia no solo organizó ese torneo. Lo ganó.

El obituario del fútbol lleva décadas escribiéndose. Nadie lo publica porque el balón sigue rodando.

Este Mundial carga una situación sin precedentes. EE. UU. está en guerra con Irán y, sin embargo, ambos países comparten el mismo torneo. Tras meses de tensión diplomática, la selección iraní aterrizó en Tijuana en vuelo nocturno desde Turquía, donde había entrenado durante tres semanas. El embajador iraní en México confirmó las condiciones: entran a territorio estadounidense el día del partido y deben salir ese mismo día. Sin pernoctar. Vuelo, aduana, partido, vuelo de regreso — tres veces. Sus partidos de grupo son el 15 de junio contra Nueva Zelanda en Los Ángeles, el 21 contra Bélgica en el mismo estadio, y el 26 contra Egipto en Seattle. La FIFA rechazó el pedido de Irán de mover esos partidos a México o Canadá. Esa decisión tiene un responsable, y no está en Washington.

Cada federación acató las normas de la FIFA. Nadie se opuso antes del sorteo. En 2001, Colombia jugó una Copa América sin prácticamente garantías de seguridad. En 2026 se juega un Mundial en medio de un complejo escenario migratorio. El fútbol lleva más de un siglo jugando en medio del caos. No es a pesar del mundo — es junto a él, con todo lo que eso implica. Y en esa capacidad de seguir adelante, pase lo que pase, está el secreto de por qué este deporte — el más practicado, el más seguido, el más universal — une al mundo como ningún otro.

Algo que ha pasado casi inadvertido: cuando algunas delegaciones enfrentaron dificultades en su llegada, no siempre contaron con el respaldo diplomático que merecían. El caso más documentado es el del delantero iraquí Aymen Hussein, retenido siete horas en el aeropuerto de Chicago por una confusión administrativa — su nombre coincidía con el de otro ciudadano. Miembros de su propia delegación denunciaron públicamente que fue tratado «como terrorista». Irak protestó. Pero no se retiró del torneo ni presentó queja formal ante la FIFA. Siguió adelante.

Este es el primer Mundial en la era de la inteligencia artificial generativa, y ya se siente. Dos ejemplos recientes, ambos verificados.

Un video del entrenamiento de Senegal antes de un amistoso contra EE. UU. mostraba el balón sin rebotar en el césped. Las redes explotaron: «va a ser el peor Mundial de la historia», «los jugadores se van a lesionar». Lo que nadie mencionó es que el estadio de Charlotte donde se grabó el video — sede de la NFL y la MLS, no del Mundial — no cumple los estándares de cancha que la FIFA exige para el torneo.

El segundo caso: una cuenta parodia en X publicó una cita fabricada de Richarlison diciendo que boicotearía el torneo por el conflicto con Irán. La historia se viralizó hasta que el propio jugador tuvo que desmentirla: «nunca hice esa declaración», escribió. «Espero que todos los que compartieron esta mentira la retiren y borren sus publicaciones.»

La administración Trump está ejecutando exactamente lo que prometió en campaña — eso no es sorpresa, es consecuencia. Pero el verdadero rival de este torneo es la velocidad con que el rumor viaja más rápido que la verdad.

Antes de compartir algo sobre el Mundial, hazte estas cinco preguntas. Si algo no cuadra, no lo reenvíes: ¿De dónde viene la información? ¿La imagen tiene fecha y contexto verificable? ¿Te genera una emoción muy intensa de golpe? ¿Lo firma un periodista con nombre y apellido? ¿Otros medios serios lo confirman?

Y aquí está lo que nadie dice entre tanto ruido: este es un país que respira deporte como pocos en el mundo. Un país donde el fútbol, el béisbol, el básquet, el hockey y el fútbol americano conviven en la misma familia, a veces en la misma mesa un domingo. Esa energía es real, es genuina, y no tiene equivalente en ninguna otra nación anfitriona.

He visto demasiadas veces el obituario del fútbol para volver a creerlo. El FIFA Gate no lo mató. Una pandemia no lo detuvo. Catar no lo acabó. Este Mundial, con toda su geopolítica, su desinformación y su ruido, tampoco lo va a detener.

El balón rueda. Y en este país, rueda con una energía que el mundo entero va a sentir.

Una aclaración necesaria: nada de lo escrito aquí es un respaldo a las decisiones de la FIFA ni de la administración Trump. Es simplemente la constatación de algo que el fútbol lleva más de un siglo demostrando: este deporte trasciende a quienes lo administran, a quienes lo politizan y a quienes intentan apropiárselo. 

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