A cuarenta años de aquel prodigio

“Prendida a tu botella vacía, esa que antes siempre tuvo gusto a nada”

Sólo sé, que hay un instante de la vida de uno, que queda retratado en el interior como si fuera una foto, como si el tiempo se hubiera congelado, como si nada importara más que aquella vez.

Para los amantes del fútbol, pero especialmente para quienes tuvimos la inmensa fortuna de estar allí, en el estadio Azteca, no hubo, y difícilmente haya nada que supere aquel prodigio.

De aquel instante luminoso en el que el artista, el Poeta de la Zurda, el Maestro, el crack, el ídolo, el semidiós, recibió la pelota desde Héctor Enrique (que por años bromearía con haber sido el autor del “pase-gol”), queda el recuerdo, como una ráfaga, del asombro que se iba multiplicando, lamentablemente desde los pupitres ubicados del otro lado de la cancha del campo correspondiente al ataque de Inglaterra. Es decir, que mientras la ansiedad iba ganando espacio, la visión de lo que ocurría en el campo de juego se iba achicando.

Y cuando Diego Armando Maradona terminó de esculpir la mejor jugada que el fútbol recuerde, la más bella escenificación del juego más hermoso de la tierra, cuando corrió junto con sus compañeros a celebrarlo, el cuerpo de este afortunado cronista de veintitrés años sintió un impacto inesperado: un colega ubicado justo en el piso superior, se le cayó encima del impulso por el grito desaforado que todos, pero en especial los periodistas argentinos acreditados, compartieron.

En efecto, el bueno de Jorge Ruprecht cayó con el peso sobre una de las piernas del cronista, que entonces tuvo el dolor acaso más asintomático de su vida, simplemente, porque no le interesó el dolor, consciente de que estaba presenciando algo inolvidable, único, que perduraría en su memoria y en su corazón hasta el día que desaparezca de la tierra.

Aquel cronista que salía por primera vez a un Mundial, con barba incipiente, remera celeste con un globo terráqueo estampado, un bolsito cuadrado azul que decía “México 86”, no sabía muy bien lo que hacer, ni cómo festejarlo, en la altura de la Ciudad de México, desbordante de felicidad.

Aquella alegría y aquel debut mundialista generan una doble nostalgia: la de saber que un hecho semejante, por sus características únicas, distintas,

mágicas, será irrepetible, aunque puedan aparecer mil grandes jugadores. Aquello quedó en la inmortalidad por la obra, antes que todo, y por el contexto. Por el rival y por la época, por la guerra reciente (que, de milagro, quien esto escribe evitó de estar cuando pudo haber sido parte), y por el inexorable paso del tiempo y hasta la desaparición física (sólo física) del gran hacedor de semejante proeza.

Invaden los recuerdos de los que aún están, y de aquellos que quedan en la memoria. Del gran Luis Hortencio Blanco, mi hermano de Las Parejas, quien puso su pecho para que este joven llorara una semana más tarde en el mismo escenario, él ya padre de cinco hijos y maestro que supo aparecer con las palabras justas: “la lentitud no es un defecto, sino una característica”.

De Alfredo, el padre, que le habló de La Máquina, de Farro, Pontoni y Martino, de Mario Boyé, de Salvini, Méndez, Bravo, Simes y Sued, de Grillo y Cucchiaroni, a quien este cronista quiso llamar de larga distancia a Buenos Aires para compartir, aunque más no fuere, esos segundos mezcla de gloria y felicidad, pero que, al atender, nada puso salir de una voz tomada, incapaz de hablar.

Tal fue la capacidad del genio, que no sólo consumó su obra, aquel lejano, y cercano a la vez, 22 de junio de 1986. Ya en la ducha, Jorge Valdano le manifestó su enojo por no haberlo registrado en la serie de gambetas que terminaron en el gol maravilloso. “Te vi -respondió Diego- pero te usé. Ante la duda del defensor por no saber si te la iba a dar o no, perdió tiempo porque yo amagué con pasártela”.

Cuarenta años después, este mismo cronista, ya consumadas las canas y con una visión disminuida respecto de aquella, añora aquellos momentos de felicidad plena, de despreocupación, de jugadores que pasaban por al lado, saludaban y mantenían un diálogo interesante y fluido, y se permite lagrimear por aquel recuerdo, uno de los mejores momentos de su vida.

Ese joven que uno fue, alcanzó a ser testigo de un prodigio, de la consumación de una obra de arte que perdurará como un clásico. Y uno estuvo allí. Como para no sentirse afortunado.

“Y dale alegría, alegría a mi corazón/es lo único que te pido al menos hoy. Y dale alegría, alegría a mi corazón, Afuera se irán la pena y el dolor”.

Por Sergio Levinsky

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