Argentina sigue en deuda, pero está en semifinales

Desde Kansas City
Es cierto. El título de este artículo parece contradictorio, aunque, en realidad, la contradicción sucede entre el juego que despliega la selección argentina, y su ubicación en el mapa de este Mundial.
¿Se puede jugar tan mal, y ante equipos de segundo y de tercer orden, y al mismo tiempo ya saberse entre los mejores cuatro del Mundial 2026? Evidentemente sí, se puede. Porque hasta ahora, el balance del juego del equipo argentino está mucho más cerca del debe que del haber.
Es cierto que muchos lectores podrán pensar que en Qatar, hace tres años y medio, el equipo argentino comenzó así como ahora o peor, con una derrota ante Arabia Saudita en Lusail, pero también ocurrió que el entrenador, Lionel Scaloni, supo corregir a tiempo y para el segundo tiempo del segundo partido, ante México, llegó el recambio esperado con los Enzo Fernández, Julián Álvarez o Alexis Mac Allister.
En cambio, esto no sucedió en Norteamérica. El muy escaso funcionamiento comenzó pronto y se fue prolongando hasta el sexto partido de ocho totales, con un rendimiento de mayor a menor y en ningún caso, ante equipos bien rankeados (Suiza incluida).
Hagamos memoria: la selección argentina, hasta ahora, enfrentó en el Mundial a equipos como Argelia, Austria, Jordania, cabo Verde, Egipto y Suiza. No se puede señalar que hayan sido rivales de elevado nivel y recién ahora, en semifinales, aparece el próximo miércoles, en Atlante, un rival de quilates y con el que hay una gran historia de enfrentamientos, Inglaterra.
En este partido de cuartos de final, Suiza se mostraba como un rival ordenado tácticamente, con algunos jugadores interesantes como Embolo o Xhaka o el arquero Kobel, y poco más. Era, claramente, ganable y hasta alcanzaba con el nivel mostrado por Argentina hasta aquí.
Y por si fuera poco, a los 9 minutos del primer tiempo y sin haber hecho demasiado para conseguirlo, Argentina ya estaba en ventaja gracias a un gol de cabeza de Alexis Mac Allister desde un córner por la izquierda de Lionel Messi (por cierto, ya van varias oportunidades de marcar a partir de pelotas paradas en el conjunto albiceleste, a falta de llegadas netas con pelota en movimiento).
El partido, entonces, no podía ponerse mejor. Era la ocasión para una levantada general, aprovechando el gol tempranero y la debilidad de los suizos. Y sin embargo, el equipo albiceleste se fue desinflando de a poco, fue perdiendo la pelota, los espacios y para el segundo tiempo se sumaron los errores de todo el certamen: falta de claridad en las escasísimas llegadas, repliegue en el campo, pérdida de ductilidad en el medio, pases errados, falta de coordinación entre los dos marcadores centrales, Romero y Martínez, Molina que, como siempre, dudaba en su lateral derecho, poca apertura del campo y escasísimo acompañamiento de Julián Álvarez desde las puntas y lo menos esperado, un Messi desenchufado.
Esta sumatoria de desaciertos fue acercando tímidamente a los suizos hacia el arco de “Dibu” Martínez, hasta que promediando la segunda etapa llegó el gol cantado del empate, cuando Ndayé aprovechó un hueco defensivo por la izquierda para definir ante el atisbo de salida de “Dibu”.
Con el 1-1 a falta de un cuarto de partido, parecía que llegaba el desconcierto albiceleste, pero Suiza tampoco fue inteligente para administrar la situación y apenas cuatro minutos más tarde se iba expulsado Embolo por simular una supuesta falta de Paredes y ya tenía tarjeta amarilla. Los helvéticos se quedaban, entonces, con diez, en desventaja numérica, y el partido volvía a experimentar un pequeño vuelco, como un guiño del destino para la selección argentina, que, sin embargo, no supo aprovecharlo y todo terminó en el alargue de treinta minutos.
Tampoco en ese contexto pudo aprovechar el equipo de Scaloni, quien pareciera no tener demasiadas variantes en el banco de suplentes cuando se supone que llevó a los 26 jugadores que le parecieron más útiles.
En efecto, el equipo argentino repite siempre la misma cantinela que no invita al optimismo con el recurso gastado de Nicolás González, Thiago Almada, Nicolás Otamendi y, alguito mejor, Lautaro Martínez, pero casi todos los que entran suelen estar peor que los que salen y si hay alguna ilusión, dura lo que un suspiro.
Parecía que Argentina y Suiza marchaban inexorablemente a los penales, pero, igual que en Brasil 2014, sobre el final se torció el destino cuando, por fin, Julián Álvarez sacó su ya clásico remate angulado desde un costado, para clavar la pelota en la red junto al palo izquierdo, arriba.
Llegó el desahogo porque quedaban cinco minutos, pero como no podía ser de otra manera, Argentina volvió a ceder campo y pelota. Y un equipo discreto, sin ideas como el suizo, y un jugador de menos, agradeció el convite. Y fue con lo que tenía: centros y centros, hasta que en esos espacios que dejó para buscar el empate, apareció Lautaro Martínez para poner más distancia y el 3-1 final.
Espera ahora Inglaterra, el miércoles en Atlanta, pero jugando así, Argentina tiene escasas chances de meterse en la final del domingo en Nueva Jersey. Algo deberá sacar de la galera si quiere volver a ser campeón, y jugando a un 30 por ciento de lo que fue aquella gesta. Suena a muy poco.
Por Sergio Levinsky




