España campeón mundial ante una decepcionante Argentina

No quedó ninguna duda. La selección española se consagró campeona del mundo por segunda vez en su historia al vencer sin atenuantes a un decepcionante equipo argentino que casi no remató al arco, y que si perdió solamente por un gol y en el alargue fue por la bravura de su defensa y, esta vez, por la muy buena actuación de su arquero Emiliano “Dibu” Martínez, que no había tenido grandes intervenciones en el torneo.

Se sabía, en el campamento argentino, que España podía ser un rival muy riesgoso a partir de una altísima posesión de pelota, algo que viene cumpliendo desde hace veintidós años, cuando Luis Aragonés inició el ciclo virtuoso de apostar “a ser torero y no toro”, como lo incitó el argentino César Luis Menotti en 2004 y aceptó el reto, que consistió en apostar al buen juego, asociado, estético y priorizando, siempre, la buena técnica de sus jugadores y abrir la cancha, un juego clásico que se impone, finalmente, en estos tiempos de tabletas, explicaciones psicotécnicas y mapas de calor.

Lo que nadie esperaba es que la selección española ejerciera un dominio tan abrumador desde el mismo inicio del partido, que redujo sólo a su brava defensa a un equipo argentino que lució tan apocado, que pareció apostar sólo a los penales y a que lo salvara Martínez como ante Francia en la final de Qatar 2022.

La selección argentina pareció muy desgastada, como acusando el trajín de un Mundial largo, de mucho calor y demasiados viajes, pero, además, con jugadores que no llegaron en su punto y que tardaron mucho en recuperar cierto nivel, si bien nunca alcanzaron el de cuatro años atrás.

En cambio, España tuvo todas las de ganar: un equipo seguro de sí mismo a partir del aval que siempre dan los resultados (campeón de la Eurocopa de Alemania y de los Juegos Olímpicos en 2024, finalista y perdedor por penales de la Liga de las Naciones de 2025), un sistema de juego basado en la riqueza técnica de sus jugadores y de un fútbol de mucha posesión de pelota y, al fin y al cabo, ganó el que más ama el juego, que de eso se trata el fútbol.

El equipo español tocó y tocó, y el argentino, cansado, corrió y corrió detrás de ella, se defendió con uñas y dientes, pero olvidó un hecho clave, y es que el fútbol es un deporte en el que se impone quien más goles mete en el otro arco. Un plantel como el que administró Lionel Scaloni por ocho años (dijo, luego, entre lágrimas, que necesitará un tiempo para reflexionar sobre si seguir o no), y que ganó varios títulos, merecía otro final, y no éste que lo mostró completamente superado y desbordado, y que sólo tuvo una pequeña opción cuando Ferrán Torres concretó, por fin, el merecidísimo gol español al minuto del segundo tiempo del alargue y no hubo más remedio que ir en busca de un empate que no parecía estar al alcance, porque su rival de la final no estaba dispuesto a compartir la pelota ni a ceder espacios.

Fue una final rara, muy parecida a la de Italia 1990, cuando la selección argentina de Carlos Bilardo, campeona del mundo, salió a defenderse ante Alemania y a apostar por los penales para que apareciera allí Sergio Goycochea, y estuvo cerca, más en el tiempo que en el concepto, hasta que un penal sepultó sus ambiciones, incluso con expulsados (/en aquel tiempo, Monzón y Dezotti, ahora Enzo Fernández).

No se entiende muy bien el motivo por el que Scaloni ni siquiera pensó en algún sistema de contraataques o de fórmula para devolver, aunque más no fuera, algunos de los golpes o de las aproximaciones españolas, que fueron tantas que la diferencia de remates al arco fue de 22 a 2.

La sensación es que un equipo como el argentino que siempre vendió cara su derrota en este Mundial y que nunca se resignó, como ante Cabo Verde, Egipto o Inglaterra, no tuvo más respuesta que correr y defenderse ante una España inmensamente superior, que tiene ideas claras y suficiente plantel para llevarlas a cabo, aunque ninguno de sus jugadores, ni los más uidad dechados técnicamente, alcancen el nivel de sus antecesores en el primer título en Sudáfrica (desde Xavi Hernández o Andrés Iniesta hasta Iker Casillas, Carles Puyol o Sergio Ramos).

Finalmente, un párrafo para Lionel Messi. Sus lágrimas en el final quizá marquen un final, aunque esperamos que no sea así y que la tristeza inevitable de estas horas de lugar a la reflexión del paso de los días. Si a los 39 años fue capaz de realizar semejante Mundial, el fútbol no debería privarse de su arte, aunque se haya mostrado cansado en los últimos tres partidos, igual que muchos de sus compañeros.

De todos modos, su decisión será respetada y sólo queda agradecer, en nombre de los amantes del fútbol, sublimes momentos vividos y durante más de dos décadas.

Pero si hablamos de fútbol, sin dudas éste se impuso en la final y en el Mundial. Ganó el que fue largamente mejor, y el que apostó por lo más difícil, que es a su vez lo más sencillo: jugar, por sobre todas las cosas. Porque la gran enseñanza es que el fútbol es un hermoso juego, único, diferente, y que consiste en meter más goles que el adversario, pero que se juega con una pelota. Y si la tenemos nosotros, no la tienen ustedes.

España, que jugó a tenerla, sólo recibió un gol en ocho partidos. Y paradojas de la maravilla del fútbol, su arquero, Unai Simón, recibió el Guante de Oro como el mejor en su puesto cuando muchos no le conocieron su cara.

Argentina resigna su corona tras un Mundial más digno que la final. Una pena que este ciclo termine así. Llegó la hora de la reflexión y de aprender, y acaso este ejercicio consista en mirar hacia atrás y recuperar la memoria de un fútbol maravilloso que en su momento enamoró al mundo, y que jamás se hubiera planteado salir a defenderse en una final, ante nadie.

Por Sergio Levinsky

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *