Espanya ganó bien y Argentina fue campeona hasta el último minuto

Espanya fue superior y levantó la Copa del Mundo, pero Argentina la defendió hasta el pitazo final. Una derrota que invita a reflexionar más allá del resultado.

En este tipo de partidos, la campeona defensora, Argentina, salió con el cuchillo entre los dientes para conservar el título. Del otro lado estaba Espanya, decidida a arrebatárselo. No fue el partido que esperaba la mayoría de los aficionados.

Con el encuentro ya terminado, analizarlo es, al mismo tiempo, fácil y difícil. Es fácil porque el resultado ya está escrito y siempre resulta más sencillo interpretar los hechos cuando se conoce el desenlace. Pero también es difícil. La televisión muestra una parte del partido y oculta muchas otras. Esa mirada nunca es la misma que tiene quien trabaja en el estadio, recorre la zona mixta o puede conversar, cuando es posible, con futbolistas y cuerpo técnico.

Por eso, estas líneas se parecen más a una reflexión que a una crónica. Son percepciones surgidas de lo visto y de las consecuencias que deja esta final.

Desde mi punto de vista, Argentina llegó a este Mundial sin que varios de sus futbolistas estuvieran en su mejor condición física. Casos como los de Cristian «Cuti» Romero o Emiliano «Dibu» Martínez reflejaban esa situación. Tampoco el equipo alcanzó el nivel colectivo que mostró durante el Mundial de Catar 2022.

La exigencia era enorme: defender el título. Sin embargo, tampoco estuvo tan lejos de conseguirlo. Alcanzó una nueva final después de superar una semifinal frente a Inglaterra, un rival que siempre trasciende lo deportivo por la historia compartida y por todo el simbolismo que implica ese enfrentamiento.

La sensación que me dejó ese partido es que Argentina llegó vacía a la final. El desgaste fue físico, mental y emocional. Aquella semifinal fue mucho más que un encuentro de fútbol. Incluso el mensaje final volvió a colocar la cuestión de las Islas Malvinas en el centro de la atención mediática y del debate político.

Pero la historia no terminaba allí. Quedaba la final del Mundial y el desafío era diferente. Enfrente estaba, probablemente, el rival más exigente que podía tocar desde el punto de vista futbolístico.

Más allá de que guste o no su estilo, Espanya mostró un equipo sólido en todas sus líneas. Controló el mediocampo, recuperó rápidamente el balón y construyó una defensa muy difícil de superar.

Argentina, en parte por decisión propia y en parte por el dominio español, optó por resistir. Apostó por seguir en partido, esperar una transición rápida o llegar con el marcador cerrado hasta una eventual definición por penales.

Ese planteamiento implica jugar permanentemente al límite del reglamento. Supone recurrir a faltas tácticas, aumentar la intensidad y ejercer una presión constante sobre el rival. El riesgo es evidente: lesiones, tarjetas y expulsiones. Eso fue exactamente lo que ocurrió. Lionel Scaloni tuvo que modificar el equipo antes de lo previsto y, finalmente, Enzo Fernández vio la tarjeta roja.

En varios pasajes del encuentro, Argentina recordó a equipos históricamente asociados con un fútbol mucho más físico y combativo, como Paraguay. Hubo quienes calificaron ese planteamiento como «antifútbol». Personalmente, me preocupa más esa afirmación que las críticas al rendimiento argentino.

Cuando un equipo es claramente superado por otro en la posesión, el control y la circulación de la pelota, solo tiene dos caminos: resignarse y exponerse a una goleada, o intentar reducir los espacios, cortar el ritmo del partido y competir desde otro lugar. Es una forma más de competir. Podrá gustar más o menos desde lo estético, pero sigue siendo fútbol.

Si aceptáramos que solo existe una manera válida de jugar, entonces tampoco podrían entenderse los estilos de selecciones como Paraguay o Uruguay. Incluso el histórico catenaccio italiano o la Espanya rocosa y física de Javier Clemente quedarían dentro del mal llamado antifútbol.

Me parece poco recomendable reducir el fútbol a una única mirada, muchas veces condicionada por una visión excesivamente centrada en determinados modelos europeos. Este sigue siendo un deporte de contacto en el que cada equipo intenta compensar sus fortalezas y debilidades de la mejor manera posible. Cuando se sobrepasan los límites, para eso está el árbitro. Después, naturalmente, cada persona tendrá sus preferencias estéticas.

Otra cuestión distinta es lo ocurrido una vez finalizado el partido. Más allá de si existieron provocaciones, la imagen que dejó Leandro Paredes no fue la mejor y resulta difícil defender ese comportamiento. Con el paso de las horas, varios futbolistas argentinos, entre ellos Lisandro Martínez, felicitaron públicamente a Espanya y reconocieron la justicia de su triunfo.

También habrá que analizar el impacto que tuvo durante este Mundial la intensa campaña de cuestionamientos hacia Lionel Messi y hacia la posibilidad de que Argentina volviera a conquistar el título. Durante semanas reapareció una idea ya conocida: que la FIFA habría favorecido a la selección argentina en Catar 2022 y, por añadidura, lo estaba haciendo también en este torneo.

Hasta el momento no existe ninguna investigación oficial de la FIFA, del Tribunal Arbitral del Deporte (TAS/CAS) ni de otro organismo deportivo internacional sobre un supuesto favorecimiento arbitral o institucional a la selección argentina durante el Mundial de Catar 2022. Las acusaciones han circulado principalmente en declaraciones públicas, redes sociales y espacios de opinión, pero no se han traducido en un procedimiento oficial sobre esa cuestión.

En el folclore futbolístico siempre existieron debates sobre supuestos favoritismos hacia determinados equipos. Sin embargo, una campaña tan constante y descalificadora como la que se vivió durante este Mundial tiene pocos precedentes. Es preocupante porque excede el fútbol e impacta en el clima social. Repetir una afirmación muchas veces no la convierte en verdadera. Si una acusación tan grave no viene acompañada de una denuncia concreta, de pruebas verificables o de una resolución oficial, termina formando parte del terreno de las teorías conspirativas más que del análisis deportivo.

Lo real y concreto es que fue un partido en el que Espanya se impuso con justicia y Argentina entregó la copa que había conquistado en 2022 recién con el pitazo final. Como argentino, me gratifican la lucha y la entrega de este equipo, que nos hizo vivir dos finales consecutivas absolutamente antagónicas: la de Francia, un partido de fútbol total, de ida y vuelta, y esta otra, mucho más cerrada, física y estratégica. Los típicos altibajos de la argentinidad.

Quedan para la hemeroteca dos imágenes separadas por el tiempo, pero igualmente icónicas: el llanto de Diego Maradona tras perder la final de Italia 1990 y el de Lionel Messi ahora. Entre el gol de Andreas Brehme y el de Ferran Torres transcurrieron 36 años de vaivenes, frustraciones y alegrías, manteniendo a la Argentina, desde un rincón alejado de los grandes centros de decisión del fútbol mundial, entre las mejores selecciones del planeta.

El legado que deja este equipo —dos Copas América, una Finalissima y dos finales consecutivas del Mundial— será la base sobre la que se construyan los próximos desafíos. Esta vez la copa cambió de manos, pero Argentina la defendió hasta el último minuto. Y aún en la derrota, confirmó que sigue siendo una de las selecciones que marcan una época.

Por Rubén Costa

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