Estados Unidos y la idea de nunca someterse a la realidad

En septiembre de 2024, Mauricio Pochettino llegó para dirigir la selección de Estados Unidos y dijo algo que, en boca de casi cualquier otro entrenador, habría sonado a exceso: que su equipo podía ganar el Mundial. También cambió el lema de la selección. Donde antes se leía One Nation, One Team (“Una nación, un equipo”), ahora aparece Never Chase Reality, algo así como “no te sometas, o no te conformes con la realidad”.

¿Qué significa eso? Que no acepten de entrada que las probabilidades están en contra. Que no se resignen a las dificultades. Que no vivan obedeciendo la lógica de lo posible. Que ignoren lo que todos dicen que es imposible y se atrevan a pensar en grande.

Pochettino contó que lloró viendo Miracle (El Milagro), la película dirigida por Gavin O’Connor y estrenada en 2004. La historia recrea la hazaña de Herb Brooks, el entrenador que llevó al equipo de hockey sobre hielo de Estados Unidos a enfrentarse a la Unión Soviética en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1980. No era cualquier rival: la URSS era la campeona olímpica vigente y había ganado las cuatro medallas de oro anteriores, en 1964, 1968, 1972 y 1976. Del otro lado había un equipo formado por jóvenes universitarios. Contra todo pronóstico, Estados Unidos ganó.

Eso es lo que Pochettino vino a instalar: la idea de atreverse a lo imposible.

En Seattle, después del 2-0 sobre Australia que aseguró la clasificación a dieciseisavos, los hinchas coreaban su nombre. Pochettino dijo luego que el apoyo del público había sido increíble y que para él fue un momento emotivo.

Esa energía me recuerda a algo que viví hace más de dos décadas. Cuando cubrí el US Open de 2000 en Nueva York, Marat Safin, con apenas 20 años, llegó a una rueda de prensa y fue clarísimo: “Vine a ganar, no a competir”. No era arrogancia. Era mentalidad pura. La convicción de alguien que todavía no tenía todas las pruebas, pero ya tenía la certeza. Días después derrotó a Pete Sampras 6-4, 6-3, 6-3

en la final. Sports Illustrated escribió entonces que Safin había anunciado, “con una seguridad asombrosa”, que era el futuro del tenis al desmantelar al mejor jugador del momento.

No es una comparación de deportes ni de contextos. Es otra cosa: el tono. La manera de plantarse. La sensación de que el objetivo ya no es competir con dignidad ni dar batalla, sino ir a buscar algo más grande. Eso es lo que transmite hoy esta selección de Estados Unidos.

Una historia larga de irrupciones y desapariciones

Los resultados, además, acompañan. Estados Unidos ganó sus dos primeros partidos, suma seis puntos y ya aseguró el primer lugar del Grupo D, además del pase a la ronda de 32. No es un detalle menor. Durante demasiado tiempo, el fútbol de este país se movió entre el esfuerzo y la prudencia, entre el crecimiento y la cautela. Pochettino, en cambio, parece querer algo más ambicioso: no administrar expectativas, sino alterarlas.

La historia ayuda a entender por qué eso importa. En 1930, en el primer Mundial de la historia, Estados Unidos llegó a las semifinales. Fue una irrupción inesperada en una época en la que el país todavía estaba muy lejos de pensarse como una nación futbolera. Veinte años más tarde, en 1950, volvió a irrumpir con una de las mayores sorpresas de los Mundiales: la victoria 1-0 sobre Inglaterra en un partido de la fase de grupos, en Belo Horizonte.

Aquel equipo no estaba hecho de figuras ni de futbolistas rodeados de gloria. Era una selección de otra época, armada con jugadores que alternaban el fútbol con trabajos comunes y carreras fuera de la cancha. Joe Gaetjens, nacido en Puerto Príncipe, marcó el gol que cambió la tarde. Walter Bahr, que inició la jugada del gol con un remate desde fuera del área que Joe Gaetjens desvió de cabeza, era profesor. Frank Borghi, el arquero que sostuvo la ventaja ante Inglaterra, trabajaba en la funeraria de su familia. Esa mezcla de fútbol, oficios y anonimato hizo todavía más improbable la hazaña. Y por eso aquel triunfo sigue ocupando un lugar tan singular en la historia del fútbol estadounidense.

Pero ninguno de esos golpes cambió el destino de inmediato. Después del Mundial de 1950, Estados Unidos desapareció del torneo durante cuarenta años. No volvió a

clasificarse hasta 1990, y cuando regresó perdió sus tres partidos de la fase de grupos. En 1994, ya como anfitrión, alcanzó los octavos de final. Dos años después nació la Major League Soccer. Desde entonces, el fútbol en este país no ha dejado de crecer. Pero una cosa es crecer y otra muy distinta es convencerse de que se puede competir de verdad con los grandes.

Eso es, precisamente, lo que Pochettino parece decidido a cambiar. En esa transformación hay nombres inevitables. Tyler Adams le da estructura y carácter al mediocampo. Folarin Balogun aporta profundidad, gol y una agresividad que este equipo necesitaba. Y está, por supuesto, Christian Pulisic, el rostro más reconocible de esta generación, el capitán, el jugador que durante años cargó sobre los hombros con la obligación de empujar casi solo la ambición de esta selección.

Por eso también pesa su situación física. Pulisic se lesionó la pantorrilla izquierda en el debut ante Paraguay, partido en el que fue sustituido al descanso. Se perdió el encuentro contra Australia y volvió a entrenarse con el grupo en los días previos al duelo con Turquía. Todo apunta a que está mejor, pero su estado sigue siendo una de las preguntas de este cierre de fase. Durante años, una lesión de Pulisic habría reducido el horizonte de este equipo. Esta vez, en cambio, Estados Unidos siguió adelante sin él y ganó igual. Tal vez ahí haya una noticia tan importante como los seis puntos: por fin, el destino de esta selección no parece descansar sobre un solo cuerpo.

Por eso el partido contra Turquía, aun sin la presión inmediata de jugarse la clasificación, puede terminar siendo una prueba reveladora del carácter de esta selección. Porque ya no se trata solo de avanzar. Se trata de ver con qué ambición juega este equipo cuando no está contra la pared. Si sale a dominar o a cumplir. Si juega con hambre o con cálculo. Si se comporta como una selección que ya se siente en dieciseisavos o como una que todavía está ensayando su nueva identidad.

Y ahí aparece un detalle nada menor. Balogun, Adams, Chris Richards y Antonee Robinson llegan apercibidos: una segunda tarjeta amarilla en la fase de grupos ante Turquía los dejaría fuera del partido de dieciseisavos. Pochettino tendrá que decidir cuánto arriesga. Si protege piezas clave o si insiste en mantener el ritmo y la tensión competitiva. Es una decisión de torneo: competir el presente sin comprometer el partido que puede cambiar la historia de este equipo.

El cruce de Estados Unidos ya está definido en una parte esencial: será el 1 de julio, en el Levi’s Stadium de Santa Clara, ante uno de los mejores terceros de los grupos B, E, F, I o J. El nombre todavía no está resuelto porque falta que se cierre la última jornada de varios de esos grupos. Lo que sí se sabe es que el equipo de Pochettino evitó, de entrada, un cruce con un segundo de grupo y se ganó un camino menos empinado en el primer partido de eliminación directa.

Pero el punto de esta historia no está solo en el cuadro, ni en el alivio de un cruce más amable, ni siquiera en el entusiasmo de un arranque perfecto. Está en otra parte: en si esta selección puede convertir esa ambición en algo más que un impulso inicial. En si puede sostenerla cuando el torneo se cierre, cuando el margen se achique y cuando la retórica ya no alcance.

Y quizás ahí empiece de verdad la historia que Pochettino quiere contar: no en el lema, ni en la fase de grupos, sino en el momento en que Estados Unidos tenga que demostrar si de verdad está listo para sostener esta ambición.

Por Johani Ponce

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