Fútbol del mañana

Un conocido acorde paró la acción del partido. Las numerosas pantallas del del estadio, y la mitad de la pantalla de todos los aparatos desde los que se estaba viendo el partido, se llenó con un el logo de una bebida alcohólica. Y por la megafonía del estadio y el cachivacherío electrónico, una voz femenina sensual: “Prueba la latitud del placer. Vodka Pápochka Iósif”. Enseguida los jugadores retomaron el partido, y el delantero que conducía el balón gambeteó hacia adentro, descolocando a la defensa y al propio arquero. Iba a patear cuando otra vez el acorde. 

“Hay inminencias que no queremos. Para ellas, planes aseguradores integrales de salud, coche, casa, robos de identidad de Seguros UnzuverlässigGmbH”. Mientras tanto, el jugador, que incapaz de frenar el impulso había pateado (afuera), volvió, con la indicación del árbitro – auxiliado por un puntero láser -, a su posición de pateo. Lo propio hizo el resto de los jugadores. El delantero pateó, y esta vez la pelota entró. En los aparatos, toda la pantalla se llenó con una imagen de un tipo buen mocísimo, de traje blanco del que salían en cascada monedas virtuales que se iban convirtiendo en productos de lujo, en hermosuras de bisturí, inteligencia artificial y materiales sintéticos: “Marque en la vida como los jugadores marcan en el campo, invierta en Doblon Tech”. Siguieron otras publicidades, mientras, en la parte inferior izquierda de las pantallas, repetían el gol desde distintos ángulos.  

Me voy, dijo Astroso. Faltan diez minutos de partido, así que hasta dentro de dos o tres horas no va a terminar. Y me estoy cayendo de sueño. 

¿Te veo mañana? – preguntó Salesio.  

No sé. Después me fijo si me queda tiempo de permiso para venir a este lado de ciudad este mes. Te aviso cuando llegue a casa.  

Salesio se acercó al oído de Astoroso y susurró: ¿Viste el Brasil-Italia 70 que te pasé? 

Astroso negó con la cabeza.  

Cuando termine el trabajo que tengo, quizás vaya un poco a “los parques” – realmente, donde terminaba la ciudad, el pasto crecía salvaje, pero sin color, y los árboles ralos porfiaban unos risibles simulacros boscosos; esa naturaleza casi muerta se extendía hasta que se cansara la vista.  

El otro asintió. 

Estaba prohibido ver fútbol “antiguo”. Esto es, cualquier partido anterior a 2041 – dos años después de que el régimen de Corporaciones se dividiera tajante y cristalinamente el mundo y se comenzara a priorizar la publicidad por sobre la actividad en sí. Censura que no se limitaba al fútbol, sino también al cine y programas de TV que no hubiesen pasado por un proceso de “adaptación”. En breve, todo aquello que estuviera sometido al estricto guion del afán de vender o mentir – tantas veces coincidentes.  

Aún antes de irse ojeó en su dispositivo personal digital las acciones de los dos jugadores en que había invertido unas DigiDracmas. Uno – Catón – había sido vendido una vez en el transcurso de su partido que, como quien dice, recién había comenzado el día anterior. El otro – Flavio III -, ya había sido transferido siete veces durante el encuentro que estaba por terminar; la última transacción había sido la recompra efectuada por su equipo, luego de que su rostro apareciera antes de una publicidad que había tenido un pico de audiencia, a un precio 37 veces superior al de venta inicial. 

Astroso había visto un partido ilegal anteriormente. También se lo había pasado Salesio, en una vieja tarjeta de memoria SD. Un Chacarita-Platense. Le había costado seguir el encuentro sin interrupciones, de imagen gastada y con el temor a que lo descubrieran con la obsoleta computadora que le había facilitado Transitivo, un amigo que ya había visto tres partidos de la época anterior a las corporaciones. Oculto entre una cubierta mezquina de unos arbustos y lo que parecía el germen de una duna, vio el encuentro tres veces. Recién en la tercera visualización pudo disfrutarlo, comenzar a comprenderlo o, más acertadamente, como quien,con un vocabulario empobrecido y una gramática abreviada, encontrara un libro pretérito, de rico léxico y alambicada estructura, pudiese iniciar los rudimentos de una traducción.  

Cuando hubo concluido, era noche cerrada. No podía guiarse a su habitación en aquella oscuridad; menos que menos, arriesgar a que una de las tantas patrullas que circulaban lo hallaran. Pero la fascinación que lo había asaltado pudo más que el miedo. Apenas si durmió algo. Apenas comenzó a iluminarse el horizonte se dirigió hacia la ciudad. Dejó la computadora en el galpón industrial abandonado del que lo había recogido – cuidadosamente envuelto plásticos y frazadas.  

En la calle una de las numerosas pantallas mostraba una publicidad de ansiolíticos. Estuvo tentado de tirarle algo. Cualquier cosa que rompiera la continuidad de píxeles, aunque no supusiera el más mínimo paréntesis en su insistencia. Un personaje masculino – ¿serie, película? – decía sentirse mejor, que superaría aquella separación; y una mujer, lagrimeando, lo miraba y entonces, comercial de gotas de ojos. Astroso miró su dispositivo obligatorio personal (Dop). Tenía un mensaje de su director laboral: “Adjuntas tareas para su compleción 27 de Turbo-Cola de 2069. Esmerarse más”. Abrió los tres DocuWork. Sencillo. Podía concluirlos por la tarde y tendría dos días para sí. 

Eso había sido hacía ya casi tres meses atrás. Desde hacía 13 días llevaba en el dobladillo de su pantalón la memoria con el partido Brasil-Italia del 70 de la era anterior. Salesio le había prevenido que no era uno cualquiera, que debía encontrarse en un estado emocional lo más estable posible, que debía adentrarse al menos una jornada en el parque, hacia donde ya no hay pasto, donde la arena permite algunas rejuntes de arbustos terrosos, que ya no se volvía a ser el mismo – quién podía saber lo quésignificaba aquello. Le dijo todo lo que le habían dicho a él. Lo que no le dijo, es que él no se había atrevido a verlo. No lo hizo por malicia. O no enteramente. Confiaba en Astroso, en su forma de explicar las sensaciones. Le suponía en una fortaleza de – a falta de mejor palabra – espíritu, que pondría lidiar con ese partido lleno de advertencias que le habían pasado y que, ese mismo día, le dio a Astroso. Cada vez que lo veía, le preguntaba, con una mezcla de culpa e intriga crecientes, si ya lo había visionado; esperando a la vez una respuesta positiva – que le asegurara que seguro hacerlos – y una negativa – que se lo había pasado a otra persona, que ya lo vería, que no tenía tiempo, cualquier excusa valía. 

Lo que Salesio no le advirtió, es que no debía ver más de cinco minutos por vez, descansando al menos quince minutos entre visualizaciones. No lo hizo porque quien le pasó la tarjeta SD, no lo hizo. Quizás porque como él, y, a su vez, muchos en la cadena que le precedió, no tuvieron el coraje de mirar su contenido. 

Al salir del monoblock en el que vivía Salesio, había una pantalla de Valores y Apuestas: Catón había bajado un 0,89 su valor. Le daría una semana más, y si no mejoraba la cosa, vendería sus acciones. De todas maneras, si las conservaba – no sólo las de Catón, sino las de Flavio III, otros tres jugadores; un par de actores y otros tantos arriesgacionistas (practicantes de pruebas de alto riesgo), y empresas – es porque llamaría mucho la atención alguien que no poseyera bonos, por ínfimo que fuese su valor. Por el mismo motivo apostaba un par de veces al mes en alguna de las múltiples actividades que ofrecían tal oportunidad: desde los deportes, las guerras, epidemias, series, lo que sea; el catálogo es tan amplio como la imaginación. 

Astroso enfiló para su habitación, que estaba en otro monoblock del complejo. Pero algo lo empujaba, redirigiéndolo hacia el este de la ciudad. Hacia el galpón y la computadora. No era que estuviese listo. Es que sabía que nunca lo estaría, y que cuanto más lo dilatara, menor sería siquiera cualquier remedo de resolución. Obedeció pues el impulso, o la resignación. ¿Quién puede saber a ciencia cierta qué lo guía en las instancias que, a priori, uno estima trascendentales?  

Sonó una notificación en su dop: a diez días de finalizar el mes, aún no había completado su cuota de consumo. Mas, en lugar de preocuparle, como habitualmente lo hacían aquellos anuncios, esta vez sólo lo impulsó a entrar en un almacén para comprar algo para comer en el parque y una botella de agua filtrada – una mínima fracción de lo que debía aún consumir para cumplir con la ordenanza mundial 0012. Guardó todo en su mochila y fue decidido hacia el galpón. 

Una vez allí, cargó las tres baterías que había, comió algo de lo que había comprado. El sol estaba aún alto cuando todo estuvo listo para marchar; pero, por algún motivo extraño incluso a él mismo, Astroso esperó hasta el atardecer para marcharse.Ya se fabricaba noche en el horizonte de los parques cuando dejó atrás la última línea de construcciones.  

Parecía que los pies decidían por él: avanzaban con resolución entre los pastos crujientes. Apenas quedaba algo de luz rezagada. Buscó con la vista algún rejunte de árboles o arbustos para ampararse en su jurisdicción mezquina a mirar el partido. Pero desistió y siguió andando. Algo en él dictaminó que lo vería bien entrada a la tardecita del día siguiente. 

No se percató en qué momento el pasto dejó de protestar bajo sus pasos, y la arena, sibilina, ocupó su lugar, sino hasta que la luminosidad del amanecer comenzó a crecer ante él. Apenas si había unos arbustos ralos, como siniestras esculturas con un significado largamente olvidado. Se detuvo y buscó algún arreglo de esos vegetales ya casi minerales para guarecerse del sol, de las partículas de arena y, con suerte, dormir unas horas antes de mirar el contenido de la tarjeta de memoria. Tuvo que desandar algo más de una hora para encontrar un sitio apropiado. Se tumbó entre la protección áspera y comió algo. Lo venció un sueño desprolijo, inquieto y sin contenido. 

Lo despertó bien entrada la tarde el bombardeo de granos de arena impulsados por un viento laminar que procedía del este. Miró su dop: eran las 17.47. Ahora de manera consciente, resolvió esperar a que atardeciera. De alguna manera, estaba decidiendo pasar otra noche en los parques, lejos de la ciudad, del que estaba obligado a ser allí. 

No pudo esperar siquiera a los indicios de ocaso. Sacó la computadora de la mochila y de su envoltorio protector, conectó una batería e introdujo la tarjeta de memoria en la ranura, y de pronto, se detuvo. Tuvo que indagar si aquella paralización era fomentada por una merma de la determinación, o si era algo más. Del bolsillo de su chaqueta tomó su dop. Lo miró largamente, como si observara algo en él, y no en sí mismo. Lo apagó. ¿Por qué lo hizo? – se horrorizó casi inmediatamente. Si lo volvía a encender inmediatamente podría aducir que lo había reiniciado porque se había congelado la pantalla. Pero eso era imposible: los técnicos de la Corporación sabían muy bien qué pasaba en cada dop. 

Pero el pánico retrocedió, como si hubiese confundido una preocupación ajena como propia. Entonces encendió la computadora y abrió la tarjeta de memoria. Había un único archivo: B-I-70Mex. Pinchó en esa carpeta y se recostó sobre la precaria comodidad de arbusto y arena con el ordenador sobre sus piernas.  

Vio más que esos recomendados cinco minutos. Cuántos más, es una incógnita. Cuando, aseguran,lo encontró una caravana de esas que nadie ha visto, pero todos conocen, que van de ciudad en ciudad vendiendo cuentos de otras épocas, proporcionando falsas noticias que sirven a los propósitos de la esperanza y, dicen, plantando espías, Astroso estaba en esa misma posición – las piernas y la computadora cubiertas de arena -, los ojos como impregnados de alucinación.  

Dicen también, que alguien de la caravana logró encender el ordenador, y que una imagen apareció inmediatamente: Pelé, aupado por Jairzinho, levantando los brazos. Había visto, pues, algo más de 18 minutos. Una sobredosis de continuidad, de actividad; de fútbol. Pero esto es pura conjetura, o lisa llanamente, invención.  

Por Marcelo Wio

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *