Ícaro y el sol de Infantino: la crisis de 20 Mil Millones de dólares que Sacudió a la FIFA

En la mitología griega, Ícaro recibe de su padre, Dédalo, dos pares de alas hechos de plumas y cera. Junto con el regalo, viene un consejo simple de su padre, pero fundamental: «vuela, sí, pero sin acercarte nunca demasiado al sol».
Ícaro siente la fuerza del cielo bajo sus pies, viaja rápido, va alto y bajo cuando quiere.
Pero una mañana, olvida el límite y sube cada vez más, ¡feliz de la vida por alcanzar su punto máximo!
Hasta que, ciego por su poder, ignora la advertencia de su padre y se acerca cada vez más al sol.
El calor derrite la cera de las alas y lo hace caer directo al mar.
Hoy, exactamente diez años después de llegar a lo más alto del fútbol mundial, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, parece vivir un destino muy parecido al de Ícaro.
Llegó a la cima con personajes discutibles como Putin, Trump, el jeque Tamim de Qatar, los saudíes… todos dándole su apoyo, mientras el fútbol del planeta entero observa para ver si sus alas van a aguantar.
O si él también verá la cera derretirse y comenzará a caer.
Para entender cómo llegamos a este punto, con el fútbol ardiendo frente a nosotros, tenemos que volver al 27 de mayo de 2015, pocas horas antes del congreso en el que el entonces presidente de la FIFA, Sepp Blatter, buscaba la reelección.
Esa mañana, la policía suiza entró a un hotel de lujo en Zúrich a pedido de las autoridades estadounidenses.
Con la ayuda del FBI, los agentes arrestaron a varios dirigentes del alto mando en el mayor escándalo de corrupción en la historia del deporte.
Las acusaciones eran pesadísimas: sobornos por más de 150 millones de dólares acumulados a lo largo de años, acuerdos secretos y uso del poder para controlar el fútbol internacional.
Era el nacimiento del FIFA Gate que llevó al brasileño José María Marín a la cárcel y a Ricardo Teixeira al olvido.
Blatter, al mando desde 1998, dejó el cargo pocos meses después.
Junto con él cayó Michel Platini, entonces jefe supremo de la UEFA, suspendido por ocho años por recibir un pago sospechoso de unos 2 millones de francos suizos.
Fue en medio de ese escenario dramático y de desconfianza total que Gianni Infantino apareció casi de sorpresa.
Un abogado prácticamente desconocido, hijo de padres italianos pobres inmigrantes que buscaban una vida mejor, nacido en la pequeña ciudad suiza de Brig, en 1970.
Hasta ese momento, él era el secretario general de la UEFA y hombre de confianza de Platini.
Elegido presidente de la FIFA en febrero de 2016, en gran parte por la falta de candidatos «limpios», Infantino prometió de inmediato: transparencia, controles más estrictos y una gestión totalmente diferente al sistema Blatter.
El mensaje era simple y directo: una nueva FIFA, limpia, eficiente y honesta, era posible.
Y aquí estamos, diez años después de esa promesa.
El problema es que esa promesa se convirtió en algo mucho más complicado y lleno de dudas. Ya no se habla de aquella corrupción descarada de 2015.
El asunto ahora es otro, medio extraño para el fútbol.
La FIFA de Infantino se volvió más rica y más poderosa que nunca.
Pero el poder se concentró demasiado en las manos del presidente y de un pequeño grupo a su alrededor.
Los controles éticos internos se debilitaron, con la salida de figuras importantes que debían justamente vigilar a la directiva.
Aunque los Mundiales de 2014 y 2018 generaron mucha discusión por motivos diferentes, la falta de legado en Brasil y la entrega del torneo a un líder que no respeta los derechos humanos, el Mundial de Qatar en 2022 fue el gran punto de quiebre.
El torneo batió récords de ingresos, rozando los 7.500 millones de dólares en el ciclo comercial.
Es verdad.
Pero también desató polémicas gigantescas sobre las condiciones de los trabajadores migrantes que levantaron los estadios.
Poco antes de que rodara la pelota, Infantino dio una rueda de prensa que dio la vuelta al mundo.
Defendió a Qatar con un discurso encendido, diciendo que «se sentía qatarí, árabe, africano», y atacando lo que llamó «doble rasero» de los países europeos sobre derechos humanos.
Poco después, salió a la luz que había cambiado su residencia principal a Doha, algo que la FIFA intentó ocultar a toda costa.
Hasta que aparecieron las pruebas: contratos de alquiler y documentos escolares de sus hijas hicieron imposible seguir negándolo.
Al final, tuvieron que confirmarlo.
Qatar también había prometido desmontar parte de los estadios y donarlos a países más pobres de África y Asia.
Esa promesa quedó en nada.
Hoy, cuatro años después, esas estructuras continúan casi vacías en medio del desierto, mientras el fútbol local sigue sin tener peso.
No le donaron ningún estadio a nadie.
Pero calma.
En esta historia que estamos contando, no fue la primera vez que pasaba algo así.
En Brasil, después de 2014, varios estadios carísimos se convirtieron en elefantes blancos, casi sin uso.
Doce años después, todavía hay obras sin terminar y arenas que ni siquiera se terminaron de pagar, aunque algunas pasen arrinconadas la mayor parte del tiempo.
En Rusia, el Mundial de 2018 se vendió como un éxito de organización, pero poco tiempo después el país invadió Ucrania, poniendo de nuevo la relación entre fútbol y política en el centro del debate. Y dejando desde
entonces, la misma Rusia que organizo el Mundial, fuera de todas competiciones FIFA….
Y después ese Mundial de Qatar: polémico en un lugar sin tradición futbolística, con obreros muertos en los estadios, poca libertad y derechos humanos, y una lista enorme de problemas, llegamos hoy a Estados Unidos.
Y a México. Y también a Canadá.
Ese camino nos llevó directo al Mundial de 2026, el primero jugado en tres países al mismo tiempo, con 48 selecciones y nada menos que 104 partidos.
Un torneo diseñado para hacer estallar los ingresos por TV y patrocinios, pero que se convirtió en una pesadilla logística para hinchas, periodistas y trabajadores.
Las distancias eran absurdas, las entradas se convirtieron en las más caras de la historia, sectores enteros de los estadios quedaban vacíos y hasta las famosas pausas de hidratación a mitad de cada tiempo se transformaron espacio comercial. Y transformaron el fútbol de 100 años, de un deporte a dos tiempos, a otro deporte…ahora con 4 tiempos.
La gente llegó a pitar en los estadios, abucheos que la organización intentó tapar subiendo la música al máximo en los estadios.
Hubo al menos tres partidos que se reanudaron con retraso porque la cadena de televisión estadounidense que transmitía todavía estaba pasando comerciales… y los árbitros tuvieron que aguantar el juego esperando a que la TV diera paso.
Durante ese torneo, Infantino batió todos sus récords personales de vuelo cruzando el continente en un jet privado de lujo.
Y el avión ni siquiera era de la FIFA.
Se lo cedieron patrocinadores y, sobre todo, el gobierno de Qatar, dueño de Qatar Airways.
En total, fueron más de 100 horas de vuelo y casi 96.000 kilómetros recorridos.
Hubo un viaje largo de más de 5 horas entre Miami y Seattle, y justo después un tramo diminuto de 27 minutos entre Seattle y Vancouver, solo para llegar a ver dos partidos el mismo día.
En un solo día de esa maratón, voló más de 8.000 kilómetros, mientras la FIFA seguía dando discursos en público sobre el respeto al medio ambiente.
Según cálculos oficiales, los vuelos exclusivos del presidente quemaron más de 600 toneladas de CO2 en las semanas de la Copa.
El avión era un Gulfstream G650ER de última generación, de la división ejecutiva de Qatar Airways, reservada para VIPs y la familia del Jeque que gobierna el país.
Durante el torneo, también surgieron episodios raros relacionados con la política.
Como el caso del jugador estadounidense Folarin Balogun: fue expulsado con roja directa, pero, tras una llamada de Donald Trump a Infantino, la FIFA le quitó la sanción, desatando la indignación en Bélgica y acusaciones de favoritismo por parte de casi todas las selecciones del torneo. Irán y su selección están obligados a viajar de autobús entre México y EEUU, ida y vuelta, en los días de partidos. Y el árbitro de Somalia, el mejor de África, que fue expulsado de Estados Unidos, mismo siendo parte de la delegación de FIFA.
Poco antes del Mundial, Infantino ya causó asombro al inventar, de la nada, un supuesto «Premio de la Paz».
Nadie sabía quiénes eran los candidatos al premio, quién votaba para que alguien gane el premio, cuáles eran las reglas para poder ganar por el premio…. ni qué justificaba competir por el premio.
Nada.
Entonces, sin mayores explicaciones, el premio ( de diseño horroroso!) se lo entregaron al propio Donald Trump. Sin ninguna explicación mayor.
En esa misma época, la FIFA abrió una oficina en Nueva York. ¿Dónde?
Dentro de la Trump Tower.
Nadie entendió nada. Las críticas llovieron.
Un grupo internacional de derechos humanos llegó a presentar denuncias éticas contra la FIFA y el Comité Olímpico Internacional, acusando a Infantino de «pisotear la neutralidad política», con la entrega del misterioso (y horroroso) premio.
Para colmo, en junio de 2026, Michel Platini presentó una demanda penal en Francia contra Infantino y la FIFA, acusando al presidente de haber montado acusaciones falsas y usado tráfico de influencias para sacarlo de la pelea por el mando de la entidad en 2015.
Pero la crisis más grave, esa que realmente derritió la cera de las alas de Infantino, estalló justo después de terminar la Copa.
Tras una final llena de polémicas y sospechas, la historia de la nueva empresa de FIFA tomó una dimensión tan grande que hizo que todos olvidaran las discusiones de aquel tenso España y Argentina.
El escándalo estalló con el descubrimiento de un plan, al principio secreto, diseñado para cambiar para siempre la estructura financiera de la FIFA.
Documentos internos mostraron que Infantino y su grupo más cercano estaban creando una nueva empresa.
Bautizada como FIFA Forward Enterprise (FFE), la empresa nacería para manejar los activos más valiosos del fútbol: derechos comerciales, contratos de patrocinio y derechos de transmisión de TV de todos los futuros Mundiales, ya sea el masculino, el femenino o el de clubes. Hasta 2042.
La nueva empresa, la FFE, fue valorada en 20.000 millones de dólares.
La idea era vender hasta el 20% de las acciones de estos 20.000 millones de dólares a inversores privados.
Lo que dejaría unos 4.200 millones de dólares de entrada, como ganancia para la FIFA.
Y la historia se pone todavía más «interesante».
El elegido para dirigir y activar esa nueva estructura comercial era el dueño de la firma de inversiones Thrive Eternal.
¿Y quién manda en Thrive Eternal? Joshua Kushner.
Nadie menos que el hermano de Jared Kushner, el yerno de Donald Trump, casado con Ivanka, la hija del presidente de los EE. UU.
Coincidencia o no, la operación contaba además con el banco estadounidense JP Morgan como garante financiero de toda la operación que se iba a crear.
Y no se queda ahí: el fondo soberano de Arabia Saudita, el PIF, uno de los más ricos y poderosos del planeta y que aseguró el Mundial de 2034 para el país, ya se había puesto a disposición para entrar con el capital necesario en la nueva empresa de la FIFA, como uno de los futuros «dueños».
Sólo faltaba entonces acomodar las cosas dentro de la propia FIFA.
Para convencer a las 211 federaciones nacionales de votar a favor del proyecto antes del congreso de septiembre, la presidencia de la FIFA envió una carta oficial a cada federación.
Prometieron a cada país un pago extraordinario, aparte de lo que ya reciben normalmente, de entre 20 y 40 millones de dólares.
Una cifra claramente pensada para lograr mantener el voto de las federaciones más pequeñas y pobres, que son la mayoría y dependen del dinero de la entidad para sobrevivir. Nada de nuevo : la FIFA siempre fue así.
A partir de ahí, se desató el caos.
Infantino, que tenía la reelección prácticamente asegurada para marzo de 2027, ahora se convirtió en una enorme interrogante.
Pocos días después de filtrarse el plan de la FFE, la presión política fue tan fuerte que el propio Donald Trump tuvo que salir a decir en público que «no tenía nada que ver con la crisis de la FIFA» e intentar distanciar sus negocios de los del hermano de su yerno.
Difícil de creer; es imposible no ver el lazo que une a la FIFA con la familia del presidente estadounidense.
Para empeorar la imagen de Infantino, los números que se filtraron antes de que el proyecto se cayera dejaron en shock al mundo del deporte.
Según el balance oficial de la FIFA, en 2025 el presidente cobró 4.8 millones de dólares entre sueldo fijo y bonos.
Con la eventual creación de la FFE, fuentes señalan que sus ganancias se dispararon hasta los 30 millones de dólares al año.
Es decir: un aumento de más de 6 veces. ¡Sin contar eventuales bonos y premios!
La respuesta del mundo del fútbol a la idea de trocear y vender los derechos de las competiciones fue inmediata.
Y durísima.
El movimiento provocó lo que muchos llamaron la mayor rebelión en la historia de la FIFA.
A empezar por la UEFA.
La entidad europea se movió primero, convocando a una reunión de emergencia en su sede de Nyon, Suiza.
Allí, las 55 federaciones europeas votaron en bloque: unanimidad contra cualquier paso de la FIFA respecto a la FFE.
Y fueron más allá: los 55 países decidieron boicotear todas las competiciones de la FIFA si el plan seguía adelante.
En el comunicado oficial, la UEFA no se guardó nada, diciendo que Infantino «intentó aplicar un esquema secreto, a paso acelerado, diseñado por figuras sin rostro y de dudoso beneficio para el juego».
Y soltaron una frase que marcó el momento: «El dinero de la FIFA es el dinero de las federaciones, no es el dinero del presidente de la FIFA.»
La UEFA recordó además que la FIFA ya tenía más de 5.000 millones de dólares en caja, señalando que no tenía ningún sentido vender una parte permanente del mayor patrimonio del fútbol solo para financiar proyectos que podían pagarse con las reservas actuales.
Día tras día, la UEFA se fue consolidando como la mayor y más peligrosa rival de la actual gestión de Infantino.
En un segundo comunicado, la entidad europea añadió que un proyecto de ese tamaño «no surge por casualidad, sino que es síntoma de un mando que dejó de poner al fútbol en primer lugar», exigiendo públicamente «una evaluación completa de toda la era Infantino en la FIFA».
Era la ruptura definitiva entre la UEFA y la FIFA.
Pero la reacción no se quedó solo en Europa.
La CONCACAF, de Norte y Centroamérica, juntó a sus 41 federaciones y sacó una nota durísima, calificando la iniciativa de «falta total de transparencia» y recordando que «la FIFA no es una empresa privada».
A continuación vino Asia.
El presidente de la confederación asiática mandó una carta a las 47 federaciones del continente acusando a la FIFA de «actuar por su cuenta y amenazar los pilares de solidaridad del deporte mundial».
A ocho meses de las elecciones en las que buscará otro mandato, Infantino se ve acorralado como nunca. Un escenario completamente diferente al de 2019 y 2023, cuando se reeligió sin oposición alguna.
La CAF decidió «mirar el proyecto con más atención», dejando claro que África prefiere giros de dinero antes que debates sobre el poder.
La CONMEBOL tampoco cerró la puerta del todo a los planes de Infantino.
Y dijo que se mantendrá «atenta a los acontecimientos, en contacto con las otras confederaciones, pero siempre apoyando al Presidente Infantino».
Vale recordar que fue la propia CONMEBOL la que sugirió la idea de un Mundial con 64 selecciones…
Oceanía también optó por no oponerse a Infantino y su plan: «Estamos atentos y abiertos a estudios más a fondo de la cuestión».
África, Sudamérica y Oceanía: estos tres continentes hoy crean una base importante de apoyo para que Infantino intente salvar su futuro político.
Pero en el frente de oposición al presidente de la FIFA, aparece ahora también el sindicato mundial de jugadores, la FIFPRO, que alzó la voz y amenazó con una «huelga general y total por culpa de un calendario insostenible y el riesgo para la salud de los futbolistas debido a las decisiones de la FIFA de hoy en día».
Nadie esperaba esto: la crisis golpeó fuerte incluso dentro de las oficinas de la FIFA en Zúrich.
Carlos Cordeiro, consejero influyente de Infantino desde hace dos años, expresidente de la federación estadounidense de fútbol y con llegada directa a la Casa Blanca, renunció diciendo que no participó en el plan de la FFE y que estaba en contra de cualquier acción comercial externa vinculada a los torneos de la FIFA.
Declaró que «la FIFA tenía miles de millones de dólares guardados y cero deudas, y que vender una tajada del patrimonio del fútbol era lo mismo que hipotecar el futuro de la entidad».
En los pasillos de la sede de la FIFA en Zurich, el clima se calentó.
Kevin Lamour, COO (Jefe de Operaciones) de la FIFA y colaborador de años de Infantino, escribió que «el equipo fue engañado, que el proyecto era invento de una sola persona y que los empleados merecen respeto, no intimidación».
Y dijo una frase que resonó fuerte en los corredores de la entidad: dijo que «si pierdo el trabajo por esto, todo bien, porque al menos me iré a dormir con la cabeza tranquila».
Hasta el número dos de la entidad, el sueco Mattias Grafström, secretario general de la FIFA u hombre de confianza del presidente, según informaciones de la prensa suiza, tomó distancia del Presidente y del debate, alimentando los rumores de una tensión interna contra el jefe de la entidad.
Y en medio de este fuego cruzado, otros problemas siguen sin solución.
Como los 250 millones de dólares de pagos de apoyo prometidos a los clubes que participaron en el nuevo Mundial de Clubes en 2025.
Y que hasta hoy no han sido depositados, dejando a los clubes preocupados.
Para rematar, todavía está el caso de Claudio Tapia, presidente de la federación argentina y hoy miembro del Consejo Ejecutivo de la FIFA (en lugar del brasileño Ednaldo Silva, que fue presidente de la CBF…).
La alianza entre Tapia e Infantino creció mucho con el buen momento de la selección argentina, dándole al dirigente suizo un poder enorme en Sudamérica.
Sólo que ahora Tapia es investigado en su país por sospechas de desvío de fondos públicos, contratos oscuros y hasta venta ilegal de entradas.
Aún con las investigaciones en marcha, Infantino se encargó de mandar una carta oficial de felicitación a Tapia y a la selección argentina tras la final del Mundial. Y elogió al dirigente públicamente en el mensaje.
Un mensaje parecido se envió a otras selecciones, pero en el caso de Argentina cayó fatal en la prensa internacional porque Infantino elogió el «alto profesionalismo» de los jugadores argentinos… justo después de las escenas de altercados y bronca entre los jugadores de Argentina y España al terminar el partido.
Es decir: el presidente alabó el «profesionalismo de los argentinos» en un episodio en el que la propia FIFA terminó abriendo una investigación disciplinaria… ¡contra los argentinos por violencia en el campo!
Presionado por la UEFA, por la CONCACAF y la Confederación de Asia, y con la situación ya explotando en los medios mundiales, Infantino, entonces, sorprendió a todos.
El 31 de julio de 2026, apenas tres días después de filtrarse el plan al público, el presidente Infantino decidió cancelar oficial y públicamente la creación de la FIFA Forward Enterprise, la FFE.
La UEFA, entonces, sacó un comunicado final tras el paso atrás de Infantino, y resumió bien el tamaño del «impacto»: «Es una victoria para el fútbol. Pero no es el final de la historia. La propuesta fue retirada, sí. Solo que el trabajo para reconstruir la confianza en la FIFA apenas comienza.»
Un mensaje claro de que la guerra apenas comienza entre la UEFA y la FIFA.
En la nota, la UEFA ya no habla sobre mantener el boicot a las competiciones de la FIFA.
Sería difícil imaginar el Mundial de 2030, en Marruecos, España y Portugal… sin la participación de España y Portugal.
Mirando hacia atrás, a estos diez años de gestión de Infantino, queda claro que la crisis no nació de un error aislado, sino de un estilo de mando que transformó a la FIFA en una máquina financiera gigante, extremadamente rentable y concentrada en las manos de un solo hombre.
Cuando asumió en 2016, el fantasma era la corrupción del escándalo en torno a Blatter y sus dirigentes.
Diez años después, Blatter terminó absuelto completamente en la Justicia suiza y dice, hoy, abiertamente que ya no reconoce a la FIFA: «a dónde fuimos a parar… Esta no puede ser la FIFA que el mundo merece».
El problema ahora no es solo la corrupción de antes: es la búsqueda del poder absoluto y la pregunta de quién es realmente el dueño del fútbol mundial.
Porque así es como parece: los dirigentes son desconocidos, sin poder, y el único que habla, aparece y comunica es el presidente.
La propia expansión del Mundial a 48 selecciones en 2026 muestra ese doble sentido.
Para varios países de África, Asia y Centroamérica, fue una conquista histórica. La oportunidad de vivir el sueño de jugar en el Mundial y ganar un dinero inédito.
En cambio, para el fútbol europeo, técnicos, clubes y futbolistas, significó más desgaste, más partidos, más viajes y más lesiones en un calendario que ya rebasó el límite.
Y ahí es donde está el punto central de esta crisis.
No es solo una pelea por miles de millones o porcentajes de acciones.
Es una disputa sobre el método: quién manda y cómo manda.
Las federaciones no plantaron cara al presidente solo por el dinero en juego, sino por haber sido dejadas fuera de una decisión sobre el mayor bien del deporte: el propio Mundial.
Como Ícaro, Infantino voló demasiado alto, dejando a la FIFA más rica e influyente que nunca.
Pero, exactamente como en la historia griega, cuanto más cerca del sol estás, más débil se vuelve la cera que sostiene las alas.
Hoy, con la confianza cuestionada, con dirigentes renunciando a sus cargos, procesos en la Justicia y un plan de 20.000 millones desmoronándose, queda una pregunta.
Una pregunta que va mucho más allá de un dirigente: ¿hasta dónde puede volar quien maneja el deporte más popular del mundo, antes de que el sol quede demasiado cerca?
Por Ricardo Setyon




