Italia 90, los fantasmas del bicampeonato y la esperanza de hacer historia

“Italia 90” vuelve como recuerdo y como advertencia. El peso de los antecedentes, el desafío del bicampeonato y la fortaleza de un equipo que aprendió a competir de muchas maneras alimentan la ilusión argentina antes de la final frente a una España muy exigente.

En estos días, incluso a mí mismo, se me vino varias veces a la cabeza “Italia 90”. Ahí llegamos a la final sufriendo en cada partido, algo muy parecido a lo que ocurre ahora. Lo hicimos, además, frente a rivales de máxima exigencia, como Brasil, con aquel gol antológico de Caniggia tras el pase de Maradona, o ante la anfitriona, Italia, en una definición por penales.

La final la perdimos en el último minuto, con el famoso penal sancionado por el árbitro Edgardo Codesal. La gesta de aquel equipo fue tan grande, con Diego Maradona jugando prácticamente en una pierna y el tobillo izquierdo completamente inflamado, que aguantó hasta el último minuto de la final. Nos llevó con el corazón en la mano entre prórrogas y penales.

Ese recuerdo vuelve a aparecer porque escuché a varios analistas hacer esa comparación. Uno de ellos fue el periodista Pablo Ladaga, que cubre el Mundial desde Estados Unidos para C5N y Radio 10. Él hizo referencia al angustioso recorrido de la Selección Argentina en Italia 90, con alargues y definiciones por penales, donde Goycochea se erigió como el gran salvador para eliminar a Italia. Ahora tenemos al “Dibu” Martínez, con un dedo fracturado, y todo parece indicar que su gran momento todavía no llegó.

Pero las sensaciones y los recuerdos no alcanzan para explicar una final. La historia también suele dejar señales, algunas alentadoras y otras no tanto. Y, cuando se repasan los antecedentes, aparecen nuevos desafíos para la selección argentina.

Uno de ellos es la enorme dificultad de conquistar dos Copas del Mundo de manera consecutiva. A lo largo de la historia, solo dos selecciones lograron defender con éxito el título mundial: Italia y Brasil.

La selección italiana fue la primera en conseguir esa hazaña al consagrarse campeona en las ediciones de 1934 y 1938, las dos primeras estrellas de su historia. En esas finales derrotó a Checoslovaquia y Hungría, respectivamente, antes de volver a levantar la Copa en 1982 y 2006.

Años más tarde, Brasil igualó ese registro al conquistar los Mundiales de 1958 y 1962, tras imponerse a Suecia y Checoslovaquia. La Canarinha estuvo cerca de repetir la hazaña décadas después, ya que alcanzó las finales de 1994 y 1998, aunque en esta última cayó frente a Francia.

Pero los desafíos no terminan ahí. Otro consiste en mantener el nivel de concentración y la fortaleza emocional para afrontar una final después de haber ganado nuestra propia final frente a Inglaterra. Ese triunfo representa una enorme inyección anímica, aunque también deja un importante desgaste mental y físico por el contexto político y simbólico que rodeó ese partido desde la Guerra de Malvinas.

El propio Ladaga recordó una reflexión de Daniel Passarella, entrenador de la Selección en Francia 98. Tras eliminar a Inglaterra, contó que le costó muchísimo volver a motivar al plantel para enfrentar a Países Bajos, rival ante el que finalmente nos despedimos de aquel Mundial.

Todos parecen obstáculos. Y cada uno adquiere una dimensión mayor cuando se mira la jerarquía del rival que espera enfrente. España llega con una identidad futbolística muy definida, construida desde el control del balón, la precisión en el pase y una idea de juego que sostiene en todas sus líneas. En su camino dejó a selecciones de enorme jerarquía, incluida una de las grandes candidatas al título: Francia.

También resulta interesante observar que asistiremos a una final en la que casi la mitad de los futbolistas convocados militan en la Liga española. En total son 24 de los 52 convocados. El Atlético de Madrid es el club que más jugadores aporta. Además, desde el Barcelona, las figuras de Lamine Yamal y Lionel Messi simbolizan dos generaciones que han llevado a más de una columna periodística a hablar del triunfo de La Masia y de un posible recambio generacional en la élite del fútbol mundial.

Por todo esto, el escenario parece sacado de una película épica. La esperanza argentina de superar cada uno de estos desafíos seguramente sea un estímulo más para este cuerpo técnico que respira fútbol, liderado por Lionel Scaloni y acompañado por Roberto Ayala, Walter Samuel y Pablo Aimar, además del resto de profesionales que hicieron posible estos años gloriosos. Entre todas y todos moldearon un equipo solidario que, como decía un periodista después del partido contra Inglaterra, tiene varios registros y sabe adaptarse a lo que cada momento del encuentro exige.

Una amiga me dijo: «Ustedes van a ganar, si saben cómo jugar». Esa frase me quedó resonando. Me hizo pensar que la clave será, como siempre, colectiva. Pero también que buena parte de esa esperanza descansará en un renacido Lionel Messi.

Y aquí hago mías las palabras del legendario entrenador escocés Sir Alex Ferguson sobre Messi: «Su cerebro futbolístico está décadas por delante de todos los demás. Ya no necesita correr más rápido porque ya ha visto los próximos tres pases antes que nadie».

Porque quizás ahí esté una de las claves de esta final. En un partido donde la historia, los antecedentes y la jerarquía del rival parecen poner a prueba a la Selección, siempre aparece esa capacidad de Leo para imaginar antes que los demás, para encontrar un camino cuando parece que ya no quedan espacios.

Así sea.

Por Rubén Costa

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