La ineludible responsabilidad de la FIFA 

Para muchos -incluso para quien esto escribe- muy difícilmente ya se pueda cambiar la tendencia con todo lo que ocurrió alrededor y este Mundial quedará instalado, al menos hasta que otro lo supere, como el peor de la historia. Hay infinidad de circunstancias relacionadas con uno de los países organizadores, Estados Unidos, aunque comparta un pequeño porcentaje como anfitrión con México y Canadá.

Hay cuestiones claramente achacables al país organizador central del Mundial 2026, como el rechazo a cantidad de visas sin explicación clara, a turistas, deportistas, miembros de cuerpos técnicos y hasta árbitros. El jugueteo del presidente Donald Trump con algunos planteles de selecciones que, es obvio, no le caen simpáticas, afirmando hoy que igualmente se las recibirá, pero mañana que lo mejor sería que no participaran y pasado mañana, otra vez que sí, para finalmente aceptar un puñado de pasaportes y no otros, entra dentro de la bolsa de la intolerancia y el nefasto juego del gato y el ratón, mientras parece que se para una guerra tan sólo por los cuarenta días que dure el torneo, nada más que eso, para luego continuar.

Pero quienes siguen de cerca o con mucha atención los mundiales (hay gente que hasta marca los hechos principales de su vida en torno de estos torneos que -por ahora- se juegan cada cuatro años), pueden comprobar que más allá del autoritarismo y ciertas formas culturales de los países quedan muy abajo en la comparación con el rol que tiene la FIFA como máximo organismo del fútbol a la hora de la gran cita universal del balompié.

No hay que confundir al cerdo con quien le da de comer. Quien lo alimenta, sabe lo que está haciendo, conoce las consecuencias, entiende el contexto. Y la FIFA, como organismo sin control, que hace lo que quiere en el mundo, que se codea con Papas, mandamases, reyes, no puede alegar desconocimiento, o que no puede pasar la raya de la intervención estatal como si ella misma no fuera un “supra-Estado” que mantiene en vilo a los máximos exponentes de la política mundial cuando se elige una sede mundialista en desmedro de otra, o cuando se exige un rango de jefe de Estado durante el tiempo que dura el certamen cual si fuera una embajada, o cuando se le obliga al país organizador a entregarle en control determinadas parcelas en las distintas ciudades elegidas como sede.

Los motivos por los que la FIFA eligió organizar este Mundial 2026 en los Estados Unidos, dándole una pequeña parte de la fiesta a Canadá y a México, está más relacionada con las consecuencias de aquella votación de marzo de 2010, en Zurich, cuando pocos esperaban que ganaran Rusia, para 2018 y Qatar, para 2022. En aquella oportunidad, presenciamos en directo cómo fueron eliminadas las principales candidatas: Inglaterra, con la mejor liga del mundo, la Premier League, con su representante David Beckham llorando, y los Estados Unidos, con el expresidente Bill Clinton sin poder quitarse la cara de sorpresa.

Luego, el país de América del Norte, indignado por una derrota que sospechó (con acierto) que estuvo relacionada con la corrupción (sobornos a casi toda la dirigencia latinoamericana), generó el llamado “FIFA-Gate” gracias a la estupidez humana que parte de la ambición desmedida, y por lo tanto, el uso de cuentas bancarias con trazabilidad (los líderes del fútbol no escarmientan y la generación siguiente lo vuelve a repetir, utilizando cuentas paralelas desde una de las asociaciones nacionales más emblemáticas del sur continental).

Hay que sumarle a todo esto, los cambios en la Casa Blanca producidos por las elecciones y un modo determinado de ejercer el Poder, al que la FIFA, por su propia elección, decidió acercarse hasta límites insospechados, al punto de querer resarcir la negativa al Nobel de la Paz por un premio inventado con destinatario con nombre y apellido, y a quien se acompaña a jugar al golf mientras se reúne la Asamblea Extraordinaria en Paraguay, dejando colgados a sus pares con la explicación de que su acción, algún día tendrá rédito y “ya me entenderéis cuando toque”.

En otras palabras, se puede discutir de hoy hasta mañana un accionar político de un mandatario poderoso y de permanente presencia en los medios, pero la mayor responsabilidad de acercarse al mismo, de reírle sus chistes malos, de jugar al golf a su lado olvidando a los propios, de presenciar su investidura en la Casa Blanca, aunque no haya más motivo que estar a su lado, es de quien decide emprender esos pasos.

Y cuando se toma esa decisión, no hay vuelta atrás. Por más que se haya prometido el oro y el moro para la campaña presidencial de la FIFA para febrero de 2016. Por más que se haya dicho en todos los idiomas y con la mejor pronunciación y con la mejor dentadura y con la pelada lustrosa, que esta dirigencia no será como la anterior, que se viene a lavar la cara de la organización y que la ética será la que prime (para luego ir expulsando a los miembros del Comité independiente).

Entonces, una vez que se dieron esos pasos, no nos debería extrañar que se permita que el mejor árbitro africano, el somalí Omar Artán, no reciba la visa de entrada a los Estados Unidos, pero no sólo eso, sino que la explicación de por qué la FIFA no se opuso es que “no se puede pasar por encima de una decisión de un Estado. Es decir que los mismos que piden inmunidad diplomática en la mayoría de las sedes mundialistas ahora argumenta que no puede interferir en una decisión estatal. En otras palabras: colgamos a nuestros pares por jugar al golf con quien toma las mayores decisiones en el mundo, pero no podemos aprovechar dos minutos para explicarle que el árbitro somalí debe participar del Mundial.

Tampoco la FIFA puede interferir en el negocio de reventa de entradas para los partidos, o de ventas carísimas para el público que ansía asistir a los estadios y que no tiene un pasar económico exquisito. Tampoco puede orientar la venta de derechos de TV a empresas que no hayan estado involucradas en casos de corrupción, como los del propio “FIFA-Gate” y tiene que hacer malabarismos y rectificar para permitir, luego de una altísima presión, que se `pregunte en español en las conferencias de prensa, siendo éste, uno de los idiomas oficiales del organismo.

Sobre la negativa de la visa de Artán se llegó a expresar hasta el suizo Joseph Blatter, presidente de la FIFA entre 1998 y 2015 y que de inocente tiene bastante poco, cuando en las últimas horas dijo a los colegas de “L’Equipe” que “si un país le niega la entrada a un árbitro, el Mundial no debe ser en ese país”.

“Es increíble y absurdo -reflexionó Blatter con el prestigioso medio francés-. Cuando un país es elegido sede de un Mundial, existen dos principios fundamentales. El primero es la seguridad, que el país debe garantizar para el evento. El segundo, es otorgar visas de entrada a todos los funcionarios de la FIFA. Y no hay nada más oficial FIFA que un árbitro. Si un país le niega la entrada a un árbitro es un problema grave y la culpa recae principalmente en la FIFA. Abandonó este principio, que el país (Estados Unidos) no respetó. No podemos detener el torneo, pero es indignante”.

Hay muchas más responsabilidades del organismo mundial futbolístico, como haber aumentado los participantes de la fase final del Mundial a 48 y pretender llevarlo a 64 para 2030, terminar con la sede de país único anfitrión, lo que generaba una particular sinergia y un motivo de orgullo como pueblo, con la pretensión de abrirse al mundo y mostrar sus valores, y querer “soccerizar” el fútbol para adaptarlo al negocio quitándole el alma por un puñado de dólares, además de no interesarse por la salud de los futbolistas, sin otorgar un mínimo descanso entre las ligas de cada país o continentales, y el Mundial, pero, eso sí, está muy preocupada por el cooling break en la mitad de cada tiempo para que todos se hidraten, no vaya a ser que uno se desmaye.

Por si vale otro ejemplo, el país organizador pudo haberlo sugerido (o no) pero la FIFA terminó aceptando que ni siquiera hubiera un Comité Organizador local, para hacerse cargo de todo, no vaya a ser que algo salga mal.

La culpa, entonces, no es del cerdo.

Por Sergio Levinsky

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