La operación

Ya no era capaz ni de delirar. El sol había domado hasta lo que no conocía de sí mismo. Y la idea – si eso era ese arrebato desesperado -, continuaba allí. Se calzó las chancletas, se puso la camisa y se puso del pie. Caminó ha la casa a través del yuyerío reseco que era el patio trasero.
Había leído en alguna parte el propio Jesús se había ido a insolarse al desierto para aclarar la sesera. Otros lo habían hecho en diversas culturas. Así que, a falta de mejor desierto que la propia meseta en la que se apoyaba tan precariamente el pueblo, él se había ido al fondo del patio, donde el sol no tiene rival, para meditar sobre el asunto que lo tenía a mal traer.
¿Querés unos mates? – le preguntó Matilde antes de que llegara. Él hizo que sí con la cabeza, y notó de pronto la sed que tenía y, también, lo largo que era el patio.
El fresco de la cocina lo envolvió como uno de esos abrazos nuevos, sin experiencia transcurrida.
¿Te aclaraste? – otra vez Matilda, junto a la hornalla, esperando que la pava hiciera el ruido que ella le conocía y que le indicaba que estaba en la temperatura óptima para unos mates.
No sé si esa es la palabra – respondió él. Digamos que lo que andaba rumiando sigue ahí; con lo que, imagino, que será lo que hay que hacer.
¿Es ilegal? – inquirió la mujer.
Qué sé yo, Matilda, ni que fuese abogado. No creo.
Trampa hay, si no, ¿a qué tanto cavilar y jugar al Cristo o al Jim Morrison?
Hay. Claro que la hay. Pero no es lo que me preocupa.
¿El método?
Eso mismo.
¿Vas a hablarlo con Manrique?
Claro. Ya le comenté, un poco por encima, la idea.
¿Qué te dijo?
Nada. Me miró con esos ojos que pone él, que intentan disimular toda emoción y que a uno le ofrecen todo el catálogo de sentimientos.
¿Qué le viste?
Susto, osadía y, sobre todo, abnegación.
Como la que te nota a vos, Mauro. Te digo, si la entrega fuera agua, vos estarías chorreando como una cascadita.
Matilde le pasó un mate a Mauro y, aprovechando el deslizamiento de la calabaza, dijo: Ahora, qué pelotudo el Andresito, hacerse expulsar así justo antes de la final.
Un pelotudo monumental… – respondió Mauro, sabiendo que Matilde le intentaba tirar de la lengua.
Manrique fumaba en silencio. Mauro ya le había dicho a qué conclusión había llegado. Detrás de Manrique, el primer banderín del club Últimos de América. En su momento, había sido el club de fútbol más austral del continente – y muy probablemente del mundo. En la mesa, un montón de legajos a su derecha, una petaca abierta y una taza que decía: “Al mejor presidente, de los jugadores” – Mauro sabía que se la había mandado a hacer él mismo; creía que favorecía a la hora de negociar con los jugadores. Mañas de presidente de club de interior, de campeonato regional y coirones y neneos.
¿Están acá? – preguntó Manrique de pronto.
Sí.
Se refería a Andresito, el enganche, y a Valentini, un pibe suplente, que hacía de mediocampista o de lo que se precisara.
Traelos, hace el favor Mauro, y términos de una vez.
Mauro se puso de pie y salió de la oficina de presidencia – que era también donde hacían las juntas y donde, en un costado, se guardaba la indumentaria limpia de los equipos del club.
En el trayecto aún volvió sobre el asunto. No había otra. Había que ganar o ganar. Él había apostado hasta la casa, y lo propio había hecho Manrique. Era más que un partido. Otra vez lo odió meticulosamente al Andresito. Otra vez se odió con esa saña con la que uno puede odiarse a sí mismo: pobre Valentín.
Se deshizo del material remasticado de sus pensamientos recientes cuando llegó al vestuario. Andresito y Valentini estaban allí, sentados, sin hablar, como si esperaran en la consulta de un médico o en un burdel.
Vamos, dijo seco, como queriendo distanciarse de ellos, del instante y de él mismo. Los otros se pusieron de pie y lo siguieron con gesto patibulario.
Manrique los esperaba de pie frente al escritorio. Había ensayado inconscientemente, posiciones para aliviar el trámite.
Andresito, Valentini, dichosos los ojos – dijo, como siguiendo un guion de una anticuada telenovela. Siéntense, por favor.
Una vez todos se hubieron sentado, el silencio cayó a la manera que lo hacen los deslizamientos de tierra: súbitos, sucios y potencialmente mortales.
No sé si su entrenador aquí presente les adelantó algo – comenzó Manrique. Los otros negaron con la cabeza.
Bueno, como sabrán, o podrán imaginarse de un club como este, la situación económica es más bien pobre. Es más, sin exagerar, se puede decir que es terminal. Y por eso mismo, ganar esta final regional en tres semanas es vital. Con lo que entre, no digo que se saneen las cuentas, pero se evitará sin lugar a dudas el cierre de la institución.
Entonces, Mauro sintió que debía intervenir, que no era cuestión de que Manrique llevara el peso de la reunión: Es por eso que los llamamos a ustedes. Andresito es nuestra mejor baza para conseguir una victoria…
Exacto, como bien dice acá el entrenador, es menester que Andresito juegue el partido – retomó Manrique, pero lo interrumpió el jugador: Pero yo no puedo jugar, a no ser que me revoquen el partido de sanción por tarjeta que, y soy el primero en decirlo, por boludo me pusieron.
Es por eso que Valentini también es de la partida en este encuentro que, por demás está decir, no ha tenido lugar – dijo Manrique.
Valentini miró primero a Mauro, su entrenador, después a Andresito y por último a Manrique: un gesto de absoluta incomprensión le encastraba el rostro.
Se trata de una operación – ofreció Mauro, a modo de anticipo, de mezquina introducción.
¿Una compra-venta? – preguntó Valentini.
No, no de esas. Está cerrado el libro de pases, además. No, una operación en el sentido más quirúrgico del término – avanzó Mauro por el derrotero de la explicación, que se parecía mucho a un camino interno por la abyección.
Antes de que ninguno de los interesados dijera algo, o tuviera tiempo de elaborar una negativa, Manrique dijo: Una cirugía plástica. Valentini llevará los rasgos de Andresito, y viceversa.
Así, sucinto como un sopapo inmerecido, que son los que más duelen. De ahora en más, uno iría por la vida con el rostro del otro, hasta, probablemente, apropiarse de la identidad e idiosincrasia que correspondía a cada jeta – Mauro, en sus sesiones reflexivas, había llegado incluso a conjeturar que, con el tiempo, hasta la habilidad futbolística mutaría hasta adecuarse al mandato facial.
Esto es todo lo que más o menos se ha podido confirmar. Acaso, confirmar se un término excesivo. Digamos, todo aquello en que los rumores coinciden. Y, sobre todo, en lo que una prima de Matilde nos ha relatado.
El partido lo ganó Últimos de América. Valentini jugó en la posición de Andresito, aunque ligeramente más atrasado. Jugó, según todos los registros, un partido excepcional. Desconocido, el pibe, me dijo Luisito Salvatierra, canchero del club. Era como si se le hubiesen desenredado las piernas, como si de pronto viese la cancha en toda su amplitud.
A Valentini lo compró Atlético Portuario, de segunda nacional. Y, dicen, ahí la anda rompiendo. Yo no lo he visto. A mí, del fútbol, más que los partidos, las tácticas y toda esa pseudociencia del balón, lo único me interesan son las historias que engendra como un vientre privilegiado. Por eso me parece irrelevante decir que Andresito se quedó en Últimos, que a la temporada siguiente todos concuerdan en afirmar que no fue muy determinante que digamos. Vaya a saber si no miraban con ojos de rumor. Vaya a saber si antes no miraban a Valentini con la mirada del que decidió que el pibe no valía.
Vaya uno a saber. A efectos de la historia, todo eso es tan baladí como saber si el lateral tiene proyección o no.
Por Marcelo Wio




