Nos ganaron en nuestra ley
Hablar de las bondades de la selección ecuatoriana en los últimos tiempos se ha convertido en un cúmulo de aspectos recurrentes como: defensa sólida, jugadores fuertes, potencia física, orden táctico y otros afines. Justo los argumentos con los que Costa de Marfil dio al traste con el invicto de la “Tri” que se había extendido por 19 partidos, ante todo tipo de rivales. Esto al margen de que el horizontal se convirtió en un oportuno aliado africano que repelió los disparos de Yeboah y Minda en la primera media hora, tramo en el cual se podía presagiar que la victoria sudamericana era cuestión de tiempo.
Y es que Ecuador invitaba al optimismo y alimentaba el bullicio de los más de 60.000 presentes en el estadio de Filadelfia, que llevando la bandera por camiseta deducían que todo era cuestión de tiempo, acaso sin percatarse del plan africano que a medida que avanzaba el reloj se volvía más efectivo, y que en su afán de aplicarlo a rajatabla para neutralizar al rival que le dio trabajo al inicio, le significó recibir tres tarjetas amarillas antes del descanso, precio razonable para encaminar un partido determinante, en el que de entrada sacaron de casillas al imperturbable Moisés Caicedo, mediante una marcación recia, casi provocadora, y más adelante, redujeron casi a cero a Enner Valencia, quien prácticamente nunca recibió en posición de ventaja ante los gigantescos zagueros centrales Agbadou y Singo, que jamás se equivocaron.
Cumplida la primera mitad del trabajo implementado por Emerse Fae, materializar la segunda fue una formalidad, tan básica como efectiva, y en este caso consistió en recargar el juego por su banda derecha, donde propiciaron con excesiva facilidad el uno a uno de Diomande contra Hincapié que quedó muy expuesto y luego superado, produciendo fisuras defensivas, muy poco frecuentes, en el conjunto de Beccacece quien en su intento de retomar el control ensayó variantes, se diría, lógicas en el orden individual pero estériles en lo colectivo, porque ya el contexto del partido era otro, al habérsenos agotado las triangulaciones y toques cortos con dinámica, tal cual, el intenso aliento en las gradas, ahora acallado por completo, ante la evidencia de lo que se veía en el campo.
Y esto último, que empezó a embargar sin más ni más a los hinchas, ya tenía rato agobiando a sus jugadores, que sintieron la pesada carga de saber que le estaban fallando a su gente, una vez que el entusiasmo extremo generado por una supuesta y no constatada superioridad sobre los “Elefantes”, había pasado a ser una presión inmanejable que atentó también
contra el ya decreciente funcionamiento, y pese a lo cual, no renunciamos a una convicción sin sustento, la de atacar sea como sea, obstinación que nos precipitó a olvidarnos de hacer lo que mejor hacemos, defender, detalle en el que casi nadie reparó, hasta que cayó el gol en el arco de Galíndez.
El problema quizás fue que no nos dimos cuenta que llegados los minutos finales el 0 a 0 era bueno para nosotros, pero precisamente allí, nos zarandearon echando mano de los mencionados factores: defensa sólida, jugadores fuertes, potencia física, orden táctico y afines, que ya los había perdido Ecuador y ahora estaban en pleno poder de Costa de Marfil, por cierto, certera, en una jugada que graficó la notoria diferencia de estado físico existente en esa instancia, los marfileños enteros y briosos, los ecuatorianos cansados y lentos, ahí la explicación del porqué de los incontables metros que recorrió con la pelota el zaguero Singo, hasta dejar en posición de remate a Diallo, sin que ningún ecuatoriano haya tenido fuerza ni siquiera para frenarlo con una falta.
Finalmente, y retrotrayéndonos a las horas previas del partido, a no dudarlo, hasta el puntapié inicial en el pensamiento general, el empate era malo para nosotros y bueno para ellos, y con esa percepción mientras pasaban los minutos, unos fueron desesperando, porque sentían no estarlo haciendo; y otros se fueron afianzando, al ver que estaban sacando adelante lo planificado. Solo queda para la “auditoría forense” lo de siempre, ¿lo perdieron los ecuatorianos o lo ganaron los marfileños?, en este caso soy un convencido que fue lo segundo, y es que sería necio aceptar que ellos nos conocían más a nosotros que nosotros ellos, y no encontraron mejor manera que ganarnos en nuestra ley.
Por Carlos Ramón Loor




