¿Por qué la FIFA favorecería a Argentina?

Basta un arbitraje dudoso para que las redes reactiven la misma teoría: la FIFA «quiere» a la Argentina y a Messi en el torneo, y por eso amaña los partidos. Se repite como una denuncia valiente, pero se derrumba ante una sola pregunta: ¿cuál sería el beneficio? ¿Qué ingreso extra obtendría la FIFA que no esté ya firmado y cobrado? Cuando uno abre las cuentas del Mundial, la sospecha se desinfla sola: el dinero grande (televisión y patrocinio pactados años antes) entra igual sin importar quién avance. Sin un móvil económico que la sostenga, la acusación se queda sin piso.

El ciclo 2023-2026 de la FIFA apunta a ingresos récord de alrededor de US$11.000 millones, de los cuales cerca de US$8.900 millones corresponden al Mundial 2026 propiamente dicho, según análisis basados en los reportes anuales de la FIFA. Vale la pena ver de dónde viene ese dinero y, sobre todo, cuándo se cobra.

Los derechos de televisión son el motor financiero del torneo y se venden por ciclos, años antes de que ruede la pelota. Las estimaciones los ubican entre US$3.800 millones (Ampere Analysis) y US$4.200 millones (Sports Value), un récord histórico impulsado por el mercado de Estados Unidos. Solo el paquete de Fox (inglés) y Telemundo (español), el más valioso de la FIFA, ronda en conjunto los US$1.250 millones. El punto decisivo: estos contratos se pagan por el torneo completo, no por partido ni por equipo. Que Argentina llegue a la final o se vaya en cuartos no cambia un centavo de lo ya firmado.

El patrocinio es el segundo pilar, también contratado por adelantado y por temporadas largas. Se proyecta un récord de entre US$2.400 y US$2.800 millones, con más de la mitad del dinero proveniente de marcas estadounidenses. Adidas, Coca-Cola, Visa, McDonald’s y compañía no pagan más si juega Messi; pagan por asociarse al evento.

Las entradas y la hospitalidad son el rubro que más creció. La FIFA aún no publica el ingreso final, pero las proyecciones lo ubican cerca de US$3.000 millones, frente a los US$929 millones de Qatar 2022, un salto de más del 200%, impulsado por los precios dinámicos y los 104 partidos del nuevo formato. Es también el rubro más sensible a qué equipos avanzan, porque depende de la demanda por cada cruce. Pero incluso así, es el más chico de los tres grandes: aun si la boletería flaqueara, el negocio ya está hecho por el lado de la TV y el patrocinio. La boletería es la guinda, no la torta.

La mercancía y las licencias son el rubro más chico de todos. En Qatar rondó los US$769 millones sobre un total de US$7.000 millones: apenas una fracción. Camisetas, videojuegos y coleccionables suman, pero no mueven la aguja lo suficiente como para justificar ningún riesgo.

El argumento más común del complot es que la FIFA necesita a Messi en pantalla por su valor comercial. Pero ese valor ya está capturado, y los números lo demuestran: Messi genera alrededor de US$70-75 millones anuales solo en publicidad y patrocinios, al margen de su salario como jugador. Su contrato de por vida con Adidas paga entre US$21 y 27 millones al año, y su acuerdo con Apple y la MLS le reporta cerca de US$50 millones anuales. Esos ingresos existen porque Messi es Messi, no porque un árbitro lo mantenga en competencia. La FIFA no necesita amañar nada para monetizarlo; el mercado ya lo hizo. Amañar un partido para «conservarlo» en pantalla sería pagar un precio altísimo por algo que ya está capitalizado.

Otra línea de la teoría sostiene que la FIFA querría a los equipos taquilleros en las fases finales para inflar los ratings. Pero las audiencias de este Mundial ya vienen batiendo récords desde la fase de grupos. Fox promedió 5,1 millones de espectadores en Estados Unidos durante la fase de grupos, un alza del 92% respecto a 2022 y la mayor de la historia para esa instancia en inglés; Telemundo saltó un 122% hasta 4,6 millones, también récord. El pico llegó con el Estados Unidos-Bélgica de octavos: 30 millones en Fox, la transmisión de fútbol más vista en la historia del país, y con la eliminación del local. Es decir, los números ya estaban rotos antes de las fases decisivas y sin depender de una selección puntual. El «valor extra» de tener a un equipo determinado en semifinales es marginal y difuso, y se reparte entre muchas selecciones que mueven masas: Brasil, Inglaterra, Francia, un anfitrión en carrera. No hay un motivo económico que apunte específicamente a Argentina.

Está, por último, el núcleo lógico. Manipular arbitrajes sería, para la FIFA, un riesgo catastrófico frente a un beneficio marginal. Si se probara, el daño caería justo sobre los contratos de TV y patrocinio que valen miles de millones. Ninguna organización sensata arriesga su activo principal por una ganancia de cola. Las teorías conspirativas confunden un resultado que benefició a alguien con la intención de beneficiarlo, y nunca explican por qué alguien correría semejante riesgo. Detalle irónico: Gianni Infantino, presidente de la FIFA, es suizo. Si el organismo «favoreciera por conveniencia de su presidente», el beneficiado en cuartos tendría que haber sido Suiza, no Argentina. La teoría se acomoda al resultado que a cada uno le duele.

Descartar el móvil económico no significa blindar a los árbitros. Hay una crítica legítima y mucho más sólida: la consistencia con que se aplica el reglamento de un partido a otro. El uso del VAR, el margen de intervención de la tecnología y la vara con que se miden jugadas similares son debates válidos y necesarios. Pero son debates arbitrales, no de caja. Se puede sostener que hubo decisiones discutibles sin recurrir a un móvil comercial que los números no respaldan. Separar ambas cosas es, justamente, lo que le da credibilidad a cualquier análisis serio.

Por Johani Ponce

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