Una desmotivación inaceptable

Un Mundial es, siempre, una gran ocasión para lucirse. Incluso, si no hay demasiado en juego, como les ocurría a los jugadores de la selección argentina ante Jordania. Con la clasificación ya asegurada, sólo cabía lucirse y demostrarle al entrenador, Lionel Scaloni, el compromiso y, en especial, la disponibilidad, para el equipo que defiende la corona mundial.
Un buen partido ante Jordania era, tal vez, la chance, para aquellos que se saben no titulares, de que Scaloni y su cuerpo técnico tomaran nota para tenerlos en cuenta en situaciones más complicadas, como las que vendrán de aquí en más.
Pero nada de eso ocurrió. Como si un rival flojo hubiera planchado a los albicelestes que, además, mostraron algo que viene ocurriendo desde hace rato en el fútbol nacional, sea de equipos o de selecciones: la ausencia del recurso de la gambeta para abrir defensas, para generar huecos, para ahondar en el desconcierto.
El fútbol de hoy, no sólo el argentino, sino que es una pandemia, sólo acepta los pases. Desaparecieron las gambetas, las fintas, los amagues, las cortinas, y ni hablar de bicicletas o marianelas. Esos son, ya un lujo para para muy pocos privilegiados.
Entonces, si el juego es muy lento por parte de quienes tienen que dar el último pase (Leandro Paredes), si el enganche no aparece y se muestra desganado (Nico Paz), si el extremo derecho (Giuliano Simeone) recibe poco juego y cuando, por fin, le llega la pelota, no sabe qué hacer con ella (como le viene pasando en su equipo, el Atlético de Madrid), si Lautaro Martínez no tiene una sola oportunidad de gol y si Julián Álvarez no está en el partido (con la parafernalia de un posible pase a partir del grave error que cometió de decir que se quiere ir del Atlético de Madrid justo antes del Mundial), era más que probable que a la selección argentina le costara marcar goles ante un equipo que, deberíamos acordar, muy posiblemente no le ganaría al vigésimo de la tabla de la liga.
La única forma de llegar al gol, entonces, fue por las “pelotas paradas”: un tiro libre muy bien ejecutado por Giovani Lo Celso, un penal ejecutado por Lautaro, y tras el increíble 2-1 por un error defensivo que demostró, también, que Nicolás Otamendi y Marcos Senesi no ofrecen ninguna seguridad, al menos, juntos. Ya, sobre el final, después de la segunda pausa comercial vestida de una falsa “hidratación” accedió al campo Lionel
Messi, y con él todo cambió porque es distinto a todos y capaz de cualquier cosa, como del tiro libre que puso, otra vez, distancia en el marcador.
Lo de Messi es impresionante porque a los 39 años no es sólo que luce o es el mejor de la cancha siempre, sino que le otorga al equipo argentino otra dinámica, otra velocidad, otro juego, y genera, a su vez, pánico en los rivales, que notan en pocos segundos desde que ingresó, la enorme diferencia que eso trae.
Pero un equipo que aspira a ser campeón mundial otra vez, como Argentina, no puede darse el lujo de tener semejante dependencia y, de hecho, ni siquiera la tuvo en Qatar 2022 o en la Copa América de 2024. Era, y puede ser, un gran equipo no sólo en la suma de individualidades, sino en lo colectivo, con el aporte de cada uno.
Esto aún no apareció en este Mundial. Demasiados jugadores en un bajo nivel, otros que regresan de largas lesiones y otros, como anoche ante Jordania, que desaprovecharon una gran ocasión para buscar una titularidad o, al menos, un mayor protagonismo en la selección argentina.
Analizar el juego desde la escasa competitividad del rival, es una pérdida de tiempo. El obstáculo no hay que buscarlo allí sino en la propia desidia de los albicelestes, porque ni siquiera es impericia. Estos jugadores ya demostraron que pueden mucho más de lo que dieron como para no exigirles lo que corresponde.
Al fin de cuentas, están vistiendo la camiseta nacional, y así como Emiliano “Dibu” Martínez quiso jugar igual un partido “sin importancia”, otros, con menos trayectoria, parece que consideraron que el partido, o el rival, no ameritaban mayor esfuerzo.
Messi no puede ser todo. No debe, tampoco.
Por Sergio Levinsky




